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Aporte de la iglesia a la cultura y sociedad portachueleña

Marcelo Escalante Mendoza 8/12/2020 05:00

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Desde su misma fundación y hasta nuestros días, la historia de Portachuelo se teje en y alrededor de la iglesia, como templo y como comunidad de creyentes. En estas latitudes, la historia de la parroquia y la del pueblo comenzaron su vida juntas y, en gran medida, revueltas.

En efecto, el 8 de diciembre de 1770 se erigió la viceparroquia de la Purísima Inmaculada Concepción de la Virgen María y con ella se dio origen a la ciudad de Portachuelo. Así, desde su fundación y hasta muy entrada la época republicana, las grandes actividades, celebraciones e hitos históricos tuvieron a la parroquia y a su clero entre los actores principales. En el último medio siglo, de parte de la iglesia, existen dos protagonistas inconfundibles: el P. José María Ruiz y los salesianos de Don Bosco.

Obra titánica del P. José María Ruiz No son las palabras, sino los hechos los que hacen inmortales a las personas.

En la memoria del pueblo portachueleño un nombre vive y vivirá perpetuamente: José María Ruiz. Son varias las razones por las cuales este sacerdote se ganó un lugar privilegiado en sus corazones: la guía y el cuidado pastoral, el apoyo en las necesidades, las palabras de aliento y consuelo en los momentos más necesitados, las obras que dejó en beneficio de todos, el ejemplo de entrega sacrificada en favor de los demás… son muestras de una vida consagrada a Dios y a su pueblo. 

El P. José María Ruiz Diaz nació en España en 1925. Siendo todavía seminarista conoció a Mons. Avelino Costas, de la catedral de Santa Cruz, quien invitó a él y a un grupo de sus compañeros a culminar su formación sacerdotal y realizar su servicio pastoral en Bolivia. En un acto de valentía y confianza en la Providencia Divina, José María y ocho de sus condiscípulos aceptaron. 

Llegaron a Bolivia en 1951. Estando ya en nuestro país, el joven seminarista frecuentaba la parroquia de Portachuelo algunos fines de semana. Sus obligaciones educativas y el accidentado tramo entre Santa Cruz y Portachuelo le imposibilitaban una frecuencia mayor.

Con el paso del tiempo fue tomando conciencia de que si quería hacer un trabajo significativo era indispensable sentar residencia en el pueblo. Por aquel entonces el territorio parroquial comprendía las comunidades de Asubí, Colorado, Loma Alta, Bañadito, Bañado, Causal, Sausalito, Rincón de Palometas, Las Piedras, Santa Rosa, San Ignacio, Nueva Moca, San Juan… ¡Imposible hacer un trabajo de fin de semana! En Portachuelo era necesario construir la iglesia en lo físico y espiritual.

Desde que comenzó a frecuentar el pueblo, el estado lamentable del templo parroquial le causó preocupación y el deseo de hacer más digno el lugar del Culto Divino se volvió uno de sus principales deseos. Así, ya ordenado como sacerdote, apenas encontró un lugar como vivienda provisional, organizó su viaje y se trasladó a vivir al pueblo.

A finales de noviembre de 1952, en la fiesta litúrgica de Cristo Rey, después de 25 horas de viaje en camión, puso pie ya no como visitante, sino como párroco residente. El padre José María gozó de una personalidad fuerte y de un espíritu laborioso e incansable. La Providencia de Dios lo colocó en un lugar en el que pudo dar rienda suelta a todo su ímpetu personal y su celo pastoral. 

Son innumerables las anécdotas que recuerdan con gozo los que le conocieron. Pero más allá de los cuentos de pasillo, son las obras de sus manos las que lo convirtieron en un hijo predilecto de Portachuelo. En efecto, no es posible dar un paseo por el pueblo sin toparse con alguna obra iniciada por él en favor del rebaño que Dios le encomendó. Bastaba que una idea se le metiese a la mente para pensar en cómo ejecutarla y ponerse – dicho literalmente – manos a la obra.

De este modo logró construir capillas, un colegio, un hospital, un comedor, una cooperativa… Pero él no fue un promotor del paternalismo, se las ingeniaba para que los mismos beneficiarios ayudasen en sus proyectos, lo que le valió el simpático apodo de ‘Zacarías’, pues de algún modo en sus visitas siempre lograba sacar algo… Entre todas las obras que realizó, resaltan las que todavía continúan prestando un servicio significativo al pueblo: el Templo Parroquial (ícono de Portachuelo), el Colegio San José y el Hospital de San José Obrero; esta última gracias al empuje que le dieron las hermanas Siervas de María. Estas instituciones son hoy la cara más conocida de Portachuelo, forman parte de su historia e identidad.

A estas obras de cemento hay que añadir el aporte cultural y educativo que representó la presencia de este párroco a quien tanto deben sus feligreses. Más de 25 años de presencia salesiana en Portachuelo Desde mediados de la década de los 90, el P. José María comenzó a intuir con claridad la necesidad de encontrar a los continuadores de su obra. Conforme fue pasando el tiempo, la conciencia de la proximidad de su muerte, lo llevó a dar pasos decisivos en ese sentido. Coherente con su personalidad, se afanó en ser él mismo quien realizase esa elección. 

El buen párroco conocía el trabajo que los salesianos estaban realizando en Montero y en San Carlos de Yapacaní. Desde 1965 estaban presentes en la Escuela Agropecuaria Muyurina, logrando desenvolver su carisma, especialmente entre la juventud. Más aún, la cercanía física entre Montero y Portachuelo llevó a una suerte de cooperación de parte de los salesianos a esta parroquia, especialmente cuando el P. Ruiz iba de vacaciones a España. 

Así mismo, las reuniones del clero de la Vicaria Episcopal de la Zona Norte lograron un conocimiento mayor y una cierta empatía pastoral. El P. José María conoció el trabajo de los hijos de Don Bosco y decidió que ellos serían los herederos de su obra. En 1996 los salesianos celebraron 100 años de presencia en Bolivia. Este significativo aniversario les motivó a explorar posibilidades de expansión de su servicio pastoral en nuestro país. 

Para los salesianos Portachuelo se hacía particularmente atractiva por la posibilidad del trabajo e influencia en la educación que se podría lograr por medio de la Normal Rural de Maestros Rafael Chávez Ortiz, presente en el pueblo. De esto modo, ambos deseos – el del p. José María y el de los salesianos – comenzaban a enrutarse en la misma dirección; pero para hacerlos coincidir se requería de un golpe maestro. Un encuentro entre el superior provincial de los salesianos, el P. José Iriarte y el nuncio apostólico de entonces, Mons. Giovanni Tonucci, dio el impulso final que se necesitaba.

En un diálogo sencillo el sr. nuncio solicitó al P. Iriarte considerar con seriedad la presencia salesiana en Portachuelo. Este deseo fue secundado por el obispo de la zona, Mons. Tito Solari, también salesiano. Esta exposición de voluntades logró un primer entendimiento. Desde 1993 los salesianos visitaban con frecuencia al P. José María y este les mostraba la obra que había logrado con sus propias manos, entre las más queridas el colegio San José y la Parroquia Inmaculada Concepción. El 30 de enero de 1994 los salesianos sentaron oficialmente su presencia en Portachuelo. 

En aquella brillante mañana dominical estuvieron presentes Mons Julio Terrazas, Mons. Carlos Brown, Mons. Tito Solari, el P. José Iriarte y varios otros párrocos de la Vicaría Norte. Los iniciadores y fundadores de la obra fueron los salesianos P. Aquilino Libralón, párroco; y P. Silvano Stefanutto, director del colegio. En el acto estuvo presente el P. José María, quien generosamente cedió su propia vivienda en el segundo piso del colegio para que la nueva comunidad religiosa pudiese establecerse. 

La llegada de los salesianos a Portachuelo puso al pueblo en la tensión entre tradición y novedad. Como educadores de la juventud, los hijos de Don Bosco pusieron especial énfasis en el aspecto educativo y en la pastoral juvenil; aunque trataron de conservar lo más rescatable del estilo pastoral del P. José María. Este, primero viviendo en la parroquia y luego en la Iglesia de San José Obrero, supervisaba y aconsejaba a sus sucesores. 

En todo caso, la presencia salesiana renovó el modo de hacer educación y revitalizó la vida pastoral del pueblo. Hoy la parroquia goza de más de 20 grupos pastorales activos de distintos tipos y para destinatarios diversos, atiende a más de 15 comunidades en el campo e intenta atender pastoralmente a las capillas y otros colegios presentes en el pueblo. 

Por su parte, el Colegio San José, institución pública de convenio con EPDB, busca ser el referente educativo en el Distrito, ahora con el salto al uso de la tecnología en la educación. 

El párroco actual, el P. Aquilino Libralón, se goza afirmando que Portachuelo es el pueblo más católico de Bolivia. Tal vez, la afirmación es un poco exagerada. Sin embargo, no se puede negar que, con contadas excepciones, la ecuación de la historia del pueblo y de la iglesia se resuelve en la unidad.

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