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Aprendamos de la experiencia de Guayaquil

Carlos Dabdoub Arrien 13/5/2020 03:00

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Guayaquil, en Ecuador, es la capital de la provincia del Guayas. Es una ciudad con algunas particularidades parecidas a la región metropolitana de Santa Cruz de la Sierra. Tiene una población casi equivalente a la nuestra, es el centro comercial más importante de dicho país y su gente es muy similar a la cruceña, por conservar un espíritu alegre, emprendedor e históricamente autonomista. Hoy constituye una de las zonas más afectadas por el coronavirus en América del Sur. Allí se referían 12.577 contagios (58,9% del total en el país) y 726 fallecidos. La alcaldesa Cynthia Viteri informó que el 33% de la población ya se contagió del Covid-19 y que un 18% se encontraba en una fase activa. La trágica situación que esta ciudad hermana vive, la observamos a través de imágenes dramáticas en las redes sociales. 

También, en días pasados, la Red O Globo del Brasil presentó un cuadro estimativo sobre el número de camas hospitalarias (CH) y de terapia intensiva (TI), requeridas en San Pablo (población aproximada de 15 millones de habitantes), tomando en cuenta si el aislamiento era del 30%, 50% y 70%. Si estos datos los extrapolamos a Santa Cruz que tiene cerca de un 20% de la población paulistana, las probables necesidades según el grado de cuarentena en nuestro departamento serían aproximadamente: 70% (con riesgo alto): 342 CH y 82 TI; 50% (riesgo medio): 1,025 CH y 557 TI; 30% (riesgo bajo): 7.120 CH y 2.000 TI. Estos requerimientos no podrán ser exactos -lo dirán los epidemiólogos-, lo importante es el impacto de la cuarentena. 


Los extraordinarios recursos necesarios en esta pandemia, obligaron a los países a reubicar a los enfermos y sospechosos en diferentes espacios. Se “medicalizaron” hoteles, campos deportivos o ambientes como ferias de exposición. Sin embargo, en estos lugares no bastó pensar en cuantas camas podrían caber, también se planificó los recursos humanos necesarios, la alimentación y la limpieza de utensilios, ropa de cama y de los ambientes. En Madrid, por ejemplo, se contrataron lavanderías privadas y el catering de comidas, ambos bajo el control del ministerio de salud, mientras que los médicos llegaron de los centros de nivel primario y especialistas del segundo o tercer nivel. 

En Santa Cruz de la Sierra, que lleva sobre sus espaldas más del 61% del total de enfermos por Covid-19 en Bolivia, aún se observa gente insensata que no cumple con las recomendaciones de protección frente a esta virosis, unos por ignorancia, otros por consignas políticas inmorales o comerciantes, muy preocupados por el futuro de sus negocios. Todos ellos deben entender que esta cuarentena es en resguardo de cada uno y de sus familias. Cuando se colapse el sistema sanitario y no haya espacios y respiradores para atender más enfermos, es posible que estos mismos infractores, sean ricos o pobres, trabajadores o profesionales, no recibirán la ayuda que su enfermedad exige.

Dejemos de echar la culpa a militares, policías o autoridades en esta pandemia. El vigilante es el buen ciudadano, que evita salir a sus familiares y censura acremente al vecino que incumple la cuarentena. Debe abrirse una central telefónica para denunciar a estos infractores. Ellos son unos genocidas culposos. Además, los dirigentes vecinales y la sociedad civil organizada deben movilizarse y ayudar a las fuerzas del orden en ciertas tareas. Es el tiempo de la gente consciente y solidaria que cuida su vida y la de su entorno. 

No existe un tratamiento específico para esta guerra. La debemos enfrentar con lo que tenemos, igual que en 1918, cuando ante la llamada influenza o gripe española (mortalidad de 50 millones), las armas usadas fueron la higiene personal, el distanciamiento físico, la cuarentena y el uso de barbijos, tampoco existían medicamentos o vacuna para combatirla. 

Hagamos un esfuerzo más. Que la sensatez y la prudencia imperen entre todos si no queremos convertir a Santa Cruz en otro Guayaquil, o en el “Wuhan boliviano”.