Diversos autores, estudios y análisis consultados sobre la materia, son coincidentes en afirmar que el funcionamiento y la calidad de la democracia no se entienden sin la presencia activa y pública de las fuerzas de oposición. Que democracia y oposición constituyen un binomio inseparable. También consideran que una oposición democrática que se precie de seria, honesta y transparente, deja de lado la superficialidad y no confunde con su ineptitud ni con sus incongruencias. Otra certera definición señala que la buena oposición no es aquella que busca entorpecer, ponerle palos a la rueda ni frenar, sino es la que procura imprimir transparencia en su labor, además de proponer alternativas edificantes y aportar crítica constructiva. Su importancia radica en que si hay una buena oposición, la garantía de la legalidad está asegurada.
Desde este espacio de opinión, estimamos necesaria y oportuna una reflexión sobre los criterios especializados antes referidos y su aplicabilidad a nuestra realidad, en una coyuntura trascendente y crucial para la democracia y el futuro del país y el de los bolivianos que, en pocos meses más, acudirán a las urnas. Una coyuntura marcada, además, por los desencuentros aparentemente definitivos, sin vuelta atrás, de quienes hasta no hace mucho encarnaban lo más relevante y representativo de la oposición y que se adhirieron al denominado ‘bloque de unidad’ para participar con cierta chance en las elecciones generales cada vez más cercanas.
Pero Jorge Quiroga Ramírez y Samuel Doria Medina, ambos con mucho tránsito y experiencia en el siempre deleznable terreno de la política nacional y en procesos electorales, terminaron rompiendo lanzas por unas diferencias que fueron incapaces de resolver internamente, junto a sus asesores, en vez de airearlas en una guerra de declaraciones y/o acusaciones públicas de ida y vuelta que bien pudieron evitar. Tras el quiebre, Doria Medina y Quiroga Ramírez buscan ahora tomar nuevo impulso en sus campañas por cuerda separada y no parecen haber prestado oídos al llamado a un ‘reencuentro’ planteado por el Comité pro Santa Cruz, aunque no sin antes criticar a ambos por “su falta de madurez y responsabilidad”.
La ruptura del bloque opositor que se produjo más temprano que tarde ha tenido efectos, era de prever, como el de mover el tablero político de cara a los comicios electorales y dejar sumida en el desencanto y la incertidumbre a una potencial mayoría electoral que aspira a un cambio real en la conducción de los destinos del país. Esto, después de la prolongada, errática y ya muy desgastada actual gestión del oficialismo que, no obstante, puede estar batiendo palmas por el desventurado sino de la oposición. Una oposición que abre muy serias interrogantes sobre su ‘aprendizaje’ o el acopio de experiencias diversas, soportando la convivencia, desde 2005, bajo el régimen masista que, dicho sea de paso, si consigue limar asperezas, recomponer filas y volcar su apoyo en torno a la figura de un candidato único, -como el que no consigue perfilar ni definir hasta ahora la oposición en su conjunto-, puede nomás arrasar en primera vuelta el 17 de agosto y asegurar su permanencia en la Casa Grande del Pueblo por tiempo indefinido. Será irremediablemente tarde para las lamentaciones de una oposición dura de entendederas y que, por tanto, no aprendió nada en casi dos décadas.