Opinión

Aquel impredecible 21 de febrero

Renzo Abruzzese 26/2/2020 03:00

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La caída de Evo Morales resulta impensable sin la derrota que sufrió el 21 de febrero de 2016. El 21-F podría ser considerado un prototipo de fenómeno sociopolítico por excelencia en la medida en que expresa un vasto conjunto de elementos que hacen a la relación, siempre complicada, entre el Estado y la sociedad.

En el caso que nos ocupa, la derrota del masismo en aquel célebre referéndum movilizó las fuerzas sociales que desde el 2006 habían sido eclipsadas por el poderoso movimiento indígena que llevó democráticamente al poder a Evo Morales. El resultado de aquel célebre referéndum cristalizó en la conciencia ciudadana la idea de que el régimen había cumplido su ciclo y que su forzada prolongación en función de gobierno no era más que la expresión final de una vocación autoritaria centrada en la figura del caudillo que, finalmente, terminó encarnando la imagen del dictador.

Desde el 21-F, súbitamente, la percepción de que el discurso masista era tan tramposo como el intento de desconocer la voluntad popular, reorganizó las fuerzas políticas y consolidó los perfiles que en adelante se enfrentarían, a las claras, la democracia afincada en una nueva sociedad civil, joven y vigorosa, y el agotado proyecto populista quedaron claramente identificadas como las fuerzas que definirían la historia en el futuro inmediato, la disyuntiva no aceptó puntos intermedios, era democracia o dictadura.

En la vorágine de los acontecimientos que se sucederían los protagonistas también mudaron sus formas. A los partidos políticos que apenas lograban reconstruirse después de más de diez años en que el régimen literalmente pulverizó el sistema político les fue imposible capitalizar la protesta ciudadana. En medio del desprestigio de la política, la negación de las ideologías y el reconocimiento de la ciudadanía como una fuerza activa, la batalla que intentaba dar el MAS solo lograba avanzar en reversa, de tropezón en tropezón. No habiendo partidos, la dictadura comprendió que su enemigo era la sociedad civil, no cualquiera, aquella que no encajaba en los preceptos de raza. El resultado fue desastroso, el dictador terminó reprimiendo una sociedad básica y mayoritariamente mestiza. El MAS no entendió que el enemigo principal que había identificado estaba constituido por más del 70% de los bolivianos que se autoidentifican como mestizos. Tampoco comprendió que el 21-F era la mayor expresión de estas fuerzas por encima de cualquier forma tradicional de organización política.

En la nueva correlación de fuerzas, la disputa por el Poder era, en esencia, la defensa de la democracia a cargo de las plataformas y organizaciones ciudadanas sin filiación ideológica ni “aparato” político, enfrentadas a las fuerzas corporativas que sustentaban el régimen, es decir; la sociedad civil enfrentada a los remanentes de organizaciones indígenas bajo la tutela de cocaleros narcovinculados. El 21-F había logrado así develar los factores que giraban en torno al Estado, y en el esfuerzo desnudó la naturaleza delincuencial del régimen, pero, además, quedó claro que la situación había llegado a un punto de no retorno; o vencía la democracia o vencía una dictadura delincuencial.

Este escenario permitió una clara percepción de que perder la batalla suponía la victoria de oscuras fuerzas que sería muy difícil vencer en el futuro inmediato, y que si Evo Morales no era forzado a dejar el Gobierno, desataría una feroz represión. La certeza se fundamentaba en la constatación de que la fiera había abandonado el disfraz de cordero y que ahora, que instruía cercar ciudades para vencerlas por el hambre, movilizaba terroristas, grupos de choque y delincuentes comunes para aterrorizar a los ciudadanos que bloqueaban las calles y plazas en todas las ciudades de Bolivia; la necesidad de la victoria popular era cuestión de vida o muerte: la suerte de Evo y su delincuencial Gobierno estaba echada; la consigna fue: “Nadie se cansa, nadie se rinde, Evo de nuevo, huevo carajo”.

A estas alturas, empero, las fuerzas del masismo y el liderazgo de su caudillo aún no han sido neutralizados. Las posibilidades del MAS se han cifrado ahora en convulsionar el país y bloquear el desarrollo de una reconstrucción democrática, y aunque Morales es ya un estorbo más que un aporte para lo que queda del MAS, él y sus acólitos serán por mucho tiempo la mayor amenaza a la democracia boliviana, y la organización política más violenta, fascista y represora de la historia política nacional.