Opinión

Aquiles Gómez Coca y el Carnaval cruceño

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24 de febrero de 2017, 4:00 AM
24 de febrero de 2017, 4:00 AM

Aquiles Gómez Coca (Don Lorenzo, cerca de Cotoca, 08.07.1932 – Santa Cruz de la Sierra, 26.11.1994), médico, historiógrafo, poeta, ensayista y periodista, no llegó a ver publicados, en forma de libro, sus artículos de prensa, poemas, crónicas y relatos. Su obra poética y periodística se publicó, con carácter póstumo, bajo el título de “¡Qué tiempos aquellos de mi viejo Santa Cruz!” (Santa Cruz, Fundación Nova, 2008; 457 páginas). El libro registra pocas páginas dedicadas al Carnaval cruceño (apenas 12), pero son páginas sustanciosas que no tienen desperdicio.

Gómez Coca empieza por recordarnos que Emilio Finot (muerto a los 26 años de edad), además de poeta, dramaturgo, historiógrafo y bibliógrafo, fue un excelente cronista. Aquiles afirma que Emilio Finot (no confundir con su hermano Enrique) rescata del olvido las primeras noticias de la reaparición del Carnaval en Santa Cruz de la Sierra. Dice Finot que “vienen dadas después de la victoria de Ingavi [1841] en el barrio de La Merced, en casa de una familia Castro y Montero, donde hay celebraciones y vuelven los bailes de Carnaval cruceño a renacer con carácter privado”. Entonces “aparecen las comparsas con sus conjuntos musicales de bandas y vientos (sic), y orquestas venidas del noroeste [de Bolivia] que llegaban por la vía de Manaos [Brasil]. Desde entonces, el Carnaval sale de la privacidad de las casas de espera y recorre las calles de la ciudad”. Hasta aquí, Emilio Finot. 

Entre los datos de importancia sociopolítica, sobresalen las referencias a las comparsas, cuyos nombres revelan las ideologías de la época. Por ejemplo, en 1940 aparece la comparsa Ku Klux Klan (¿sus miembros eran racistas?). De forma análoga, en los años 70 aparecía la comparsa Fachas (neologismo derivado de ‘fascistas’), ¿identificada con las dictaduras militares de los años 70 y 80? Aquiles también apunta que, a finales del siglo XIX, las comparsas que tenían banda de música propia, es decir, la gente ‘decente’, eran las que también podían pagar los saraos con comilonas y chupandinas que solo duraban tres días. La despedida del Carnaval, o sea, el Entierro de la sardina (Domingo de Cuaresma, el del “Amamay, atatay, / hasta el año Carnaval”), era otra cosa, 

Otro dato interesante: desde la Revolución Nacional (1952) “el pueblo deja de participar en la fiesta” y “el Carnaval se divide en protagonistas y espectadores”. A partir de entonces, el Carnaval ya no es una fiesta popular; se ha convertido en un espectáculo cuyo control es motivo de disputa entre la municipalidad y la Asociación Cruceña de Comparsas. ¿Qué diría Aquiles de este ‘proceso de cambio’? // Madrid, 24.02.2017. 

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