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9 de enero de 2019, 4:00 AM
9 de enero de 2019, 4:00 AM

Hace unos 10.000 años el mundo seguía lleno de peñascos abruptos, ríos caudalosos que surgían por todas partes, selvas impenetrables en las que se respiraba solo rocío, témpanos sólidos en los polos, pastizales que no tenían fin, aves por montones y de todas las variedades y aire del más puro. A medida que el hombre fue acrecentando sus necesidades y, por tanto, comprometiendo el medio donde había sido puesto para vivir a sus anchas, fue devorando gran parte de los elementos naturales sin los cuales no habría podido hallar una ruta de evolución material. Y es que los elementos naturales, en estado natural y sin ser tocados, ciertamente no pueden convertirse en puentes de cemento ni en edificios de varios pisos. Es con la conversión y el procesamiento de tres de los cuatro elementos del universo (tierra, agua y aire) como se obtiene la evolución material del mundo y la sociedad.

A medida que pasó la historia, el ser humano ha ido aprovechando cada elemento. Así, ha convertido el alto tilo en cucharón de madera o en tocador de mujer; la entraña de la tierra y su metal en lujoso joyel; el plumaje bello de un ave en adorno de abrigo y el pelaje de un camélido en una fina mantilla. El río le ha servido de alcantarilla y el océano de estuario para inmundicias. El aire del cielo, de receptáculo para humo. Pero las cosas no alteraban el orden del ecosistema ni el equilibro de la naturaleza, porque el hombre tenía todavía brazos muy cortos como para dominar, violar y malograr la mayor parte de la virginidad terráquea.

En el siglo XIX las cosas dieron un giro de 180 grados. La revolución industrial en Inglaterra alteró no solo la forma de producir mercancías, sino la relación del ser humano con el medioambiente. Antes, sin ir muy lejos, en el siglo XX, el político o el régimen que desarrollara un ferrocarril, o una autopista, o una factoría, o que explotase una mina o que produjera madera por toneladas, el que hacía una de esas cosas o todas ellas, era un gran político o un grandioso régimen. No se tenían en cuenta criterios de control de daños simplemente porque el equilibro de la naturaleza no estaba en peligro de desmoronarse. Ahora las cosas son distintas.

Es por esto que ahora nació la idea del desarrollo sostenible. Este concepto no es ni de izquierda ni de derecha. Es, simplemente, de una corriente política que tan bien hace siempre a todos y que se llama lucidez, prudencia y pragmatismo. Bolivia se encuentra entre los países que más deforestan en el mundo; esto es un síntoma de una economía no desarrollada y, por consecuencia lógica, de una conciencia ambiental aún primitiva.

La economía nueva, la que entre en juego con el nuevo gobierno que todos esperamos, debe armonizar con el cuidado de la naturaleza. En otras palabras, debe ser el medioambiente y no otra cosa el ordenador de la economía.

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