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Después del revés electoral de Mauricio Macri y sus posibles implicaciones han surgido diversas opiniones sobre el fracaso de la política económica en Argentina. Algunos señalan que el error fue no aplicar una terapia de shock, mientras otros, que fue el resultado de la aplicación de políticas de liberalización. Me concentro en la primera: ¿hubiese sido distinta la situación con una política de shock? Desafortunadamente, no podemos contestar a esta pregunta tajantemente.

Para hacerlo deberíamos construir un “contrafactual”: un universo con una Vía Láctea, un sistema solar, un planeta Tierra y una Argentina con todo similar excepto a que aplicaríamos una política distinta en 2015, un ejercicio que vimos en la saga de Volver al futuro y similares. O un multiverso al estilo de Stranger Things, con esos dos mundos posibles.

Pero, basados en la magistral Macroeconomía del Desarrollo, de Pierre Agenor (Universidad de Manchester) y Peter Montiel (Williams College), podemos señalar que una política de shock es más efectiva cuando los recursos pueden movilizarse rápidamente de uno a otro sector y los precios se ajustan rápidamente. Ese no fue ni es el caso de Argentina. También sabemos que la liberalización comercial debe ir antes de la financiera; es decir, es mejor abrir el país primero al comercio exterior, para luego atraer capitales. Argentina hizo ambos al mismo tiempo aún en un entorno gradual.

Además, es importante compensar a los “perdedores” con las reformas para ganar apoyo y evitar la reversión de política, algo que Macri intentó remediar rápidamente la semana pasada. En síntesis, no solo debemos saber qué hacer, las políticas, sino su implementación: cuándo, en qué secuencia y a qué velocidad. Pero hay algo más profundo que veremos repasando brevemente la historia del país vecino.

Después de la hiperinflación en el Gobierno de Alfonsín (1983- 89), su sucesor Carlos Menem (1989-99) adoptó una visión más liberal, además de la política de equivalencia entre un peso argentino y un dólar estadounidense, conocido como caja de conversión en los años noventa.

Su fracaso en 2001 con la salida de Fernando De la Rúa, en medio de la confiscación de depósitos (“corralito”), hizo pensar que un esquema de tipo de cambio fijo con apertura al mundo era nocivo para los países. En virtud de los positivos resultados de una estabilización inicial con Eduardo Duhalde, fue elegido su correligionario Néstor Kirchner (2003-07), que por su muerte fue sucedido por su viuda Cristina Kirchner (2007-15). Ellos implementaron una política de expansión del sector público y de redistribución que igual fracasó.

El corolario fue que las políticas progresistas también eran perjudiciales. Los resultados desastrosos de una sobre regulación de la economía impulsaron a que sea elegido Macri, que aplicó una política gradual de remoción de las distorsiones y de apertura de la economía. Su virtual fracaso, medido por los años de recesión y los resultados políticos, crean la sensación de que las políticas graduales no son eficaces.

En resumen, Argentina muestra el fracaso de las políticas liberales (o “de derecha”), progresistas (o “de izquierda”), de ajuste gradual y de las políticas de shock, por su insostenibilidad en el mediano plazo. Y no son las únicas, puesto que también implicarían que el tipo de cambio fijo (1990-2001) o flexible (2016-19) son malos, incluyendo la forma más extendida de administrar la política monetaria actualmente o metas de inflación (2017-18).

Existe un común denominador: Argentina. Por tanto, podríamos inferir que el problema está en características más estructurales del país rioplatense. Si queremos que nuestros vecinos puedan remontar a lo que fueron hace un siglo, es preciso ir más allá y ver cambios de fondo, incluidas las instituciones y no solucionar crisis recurrentes. Se atribuye al premio nobel Simon Kuznets la frase de que existen cuatro tipos de países: desarrollados, subdesarrollados, Japón y Argentina. Desafortunadamente, ese es el rasgo rioplatense.