Escucha esta nota aquí


Durante el informe de gestión del presidente Luis Arce el lunes en la Asamblea Legislativa, el país fue testigo del bochornoso, grosero y vergonzoso espectáculo que brindaron los legisladores del oficialismo y la oposición, que convirtieron la sede del Poder Legislativo en poco menos que en las graderías de un cuadrilátero pugilístico de barras enloquecidas, donde unos apoyan a su boxeador y otros lo insultan.

A ese extremo ha llegado la Asamblea Legislativa boliviana, quizá en el peor momento de todo lo que se recuerda de la era democrática. Si bien el Congreso Nacional, como se llamaba antes, siempre fue escenario de disputas y trifulcas, nunca antes se había visto que se pareciera tanto a un circo.

Las cámaras legislativas han ganado diversidad, pluralidad y presencia más equitativa de género, pero también han perdido mucho en respeto, tolerancia, decoro y altura. Que una asamblea sea más plural, de polleras o sombreros campesinos está bien, porque eso denota una representación genuina de la población boliviana. Pero no por eso tendría que ser más violenta ni menos democrática, como actualmente ocurre.

Las escenas de mujeres de pollera arremetiendo contra hombres de camisa y chaqueta se han vuelto comunes en la nueva Asamblea, como si el hecho de ser de origen indígena le otorgara a las mujeres del MAS el derecho de golpear y empujar a hombres “blancos”, como suelen llamarlos cuando no usan expresiones ofensivas.

El Parlamento debiera ser un lugar de debate de conceptos, de discusión de ideas, donde las diferencias se administren con racionalidad y respeto por los disensos, pero no, el nuestro es una plaza de toros. El Movimiento Al Socialismo, mayoritario en la Asamblea, ha incurrido, además, en prácticas antidemocráticas vulnerando incluso los reglamentos de las cámaras al convocar a sesiones en horas de la madrugada y en fin de semana, casualmente las mismas horas que eligen en la calle quienes cometen actos reñidos con la ley.

El fin de semana se dieron a la tarea de conformar las directivas camarales ignorando las listas de las bancadas minoritarias, y anotando en su lugar a algunos parlamentarios tránsfugas, que habiendo sido elegidos en las listas de Creemos y Comunidad Ciudadana, se entregaron a los brazos del MAS a cambio de pegas y quién sabe si también dinero. El MAS violó así los reglamentos que obligan a conformar directivas con representantes de las mayorías y las minorías.

Ni los criticados parlamentos de la era “neoliberal” de los partidos tradicionales se animó a tanto como el MAS. Los que recuerdan las cámaras legislativas de los años 1982 a 2005, saben que allí también se cometían vulneraciones, pero cuando menos al no tener ninguna de ellas una representación tan mayoritaria, todos estaban destinados a entenderse por la vía de los acuerdos y los consensos.

En cambio, con el MAS no hay lugar para el acuerdo: lo que prima es la imposición, las elecciones de directivas entre gallos y medianoche y fin de semana, como se hacen las cosas que se quieren esconder.

En ese terreno de lo oscuro y lo reprochable se inscribe el cambio de la ley que operó la anterior Asamblea, cuando el MAS eliminó el requisito de los dos tercios para la aprobación de normas, porque sabía que tras las elecciones de octubre de 2020 no volvería a tener esa proporción de la mayoría.

Y así han convertido al Poder Legislativo en un poder donde existe todo menos democracia, que debiera ser precisamente el mayor atributo de una institución donde sus miembros son elegidos por el voto. La actual Asamblea Legislativa se define por una palabra: Vergüenza.

Comentarios