Opinión

¡Asesinos medievales!

Roberto Navia 22/5/2017 04:00

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Me han preguntado cuál creo que es el cáncer mayor que tiene la sociedad boliviana. El miércoles pasado no me costó responder. Dije que el asesinato a golpe de manada, la furia colectiva que quita la vida a una o a dos o a más personas a punta de culatazos y de fuego salvaje, bajo pretexto de estar haciendo justicia por mano propia y luchando contra la delincuencia, que ni la Policía ni los jueces son capaces de combatir con solvencia de ley.

El miércoles habían matado a Jhonny Pizarro Miranda. Lo mataron a sus 38 años, a plena luz del día, y lo mató una multitud en San Julián, cerquita de Santa Cruz, después de atormentarlo hasta convertirlo en un alma en pena, arrastrando un viacrucis de muerte, asistiendo a su propio entierro. Sus verdugos: la misma turba de siempre, la que prende el fósforo y arroja al cuerpo asustado, la que alista la soga y grita y golpea al calor de la furia. Luego, cuando ya ha cometido el crimen, se retira desahogada, como si hubiera asistido a la misa dominical, sin golpearse el pecho y aplica la ley del silencio. Nadie fue porque fueron todos. Johnny había sido detenido días antes junto a otras tres personas, acusado de asesinar a un muchacho de 17 años que trabajaba como mototaxista. Fue arrebatado de las manos de unos policías carentes de autoridad y débiles para sentar la mano a esa barbarie que solo dejó de morder cuando sintió el cuerpo frío de este hombre que pedía, con una voz de pajarito, que alguien lo ayudara, que se apiadasen de él y le tendieran la mano de hombre caído. 

No sé cuántos van ya en este año. Pero sí sé que, con cada persona que la gente mata, la sociedad boliviana retrocede hacia el terreno de lo bestial y los derechos humanos son nuevamente derrotados. Una y otra vez. La fuerza de la repetición en carne viva. Una sociedad enferma, extraviada, hambrienta de una sangre que no deja de correr, porque a estas alturas ya son ríos los que fluyen a lo largo de esta historia, la historia de los linchamientos y de la falta de castigo contra esas tribus de la inquisición que han convertido cuerpos de vivos en antorchas medievales. El pueblo observa en la plaza del paredón. 

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