Orlando Saucedo Vaca
Cuando estalló la noticia de que Estados Unidos bombardeó tres centros nucleares en Irán, muchos la leyeron como un episodio más en la larga historia de tensiones en Medio Oriente. Pero este no es solo un capítulo militar: es una sacudida al corazón del sistema económico global. Porque lo que está en juego no es solo un conflicto entre naciones, sino algo más silencioso pero igual de explosivo: la energía.
El foco está en el Estrecho de Ormuz, ese angosto corredor marítimo por donde circula casi un tercio del petróleo que se comercia por mar en el mundo. Es una especie de arteria energética planetaria. Por ahí transitan cada día unos 17 millones de barriles de crudo, y si se bloquea —como Irán ha amenazado— el golpe no sería solo para las grandes potencias. Sería para todos.
Hoy, el principal comprador de ese petróleo ya no es Estados Unidos, como lo fue hace 20 años. Es Asia. Y en particular, China. Japón, Corea del Sur e India también dependen fuertemente de esa ruta. Hablamos de economías que necesitan petróleo como el cuerpo necesita oxígeno. Cerrar Ormuz sería como apretarles la garganta.
Eso ya empezó a sentirse. Apenas se conoció el ataque, el precio del petróleo saltó más de un 13%. Y eso es apenas la primera ola. Si la situación escala, los analistas prevén que el barril podría superar los 100 dólares, un nivel que no veíamos desde la pandemia. Esa suba no es solo un problema para los mercados: se filtra en el transporte, en los alimentos, en la electricidad. Alimenta la inflación, recorta márgenes, enfría la inversión.
Para América Latina, y para Bolivia en particular, las consecuencias son muy concretas. Aunque aquí los combustibles estén subvencionados, no estamos blindados. Cuanto más sube el precio internacional, mayor es el peso fiscal de sostener esa subvención. Es decir, más presión sobre las finanzas públicas. Y si esa presión no se maneja bien, el costo puede trasladarse tarde o temprano al ciudadano común.
Estados Unidos, por su parte, está mejor parado que antes. El auge del shale oil lo ha convertido en una economía menos dependiente del crudo extranjero. Su exposición al Golfo Pérsico ya no es la de hace dos décadas. Por eso, en este nuevo conflicto, paradójicamente, puede resistir más que sus adversarios.
Lo preocupante es que esta crisis llega cuando el mundo ya venía caminando por la cornisa: inflación persistente, tensiones comerciales, y una geopolítica cada vez más fragmentada. No hay margen para más incertidumbre, y sin embargo, eso es lo que estamos sumando.
No sabemos si Irán responderá. No sabemos si el estrecho se cerrará. Pero sí sabemos esto: en una economía global tan interconectada, basta que un canal de petróleo se bloquee para que los precios se disparen y el miedo se extienda. Y como suele ocurrir, ese miedo termina pagándolo la gente común.
Hay momentos en que las guerras no se pelean con armas, sino con precios. Esta vez, el campo de batalla es el mercado del petróleo. Y el desenlace todavía está por escribirse.