Opinión

Autocrítica presidencial

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5 de febrero de 2017, 4:00 AM
5 de febrero de 2017, 4:00 AM

Ha quedado registrada esta semana una llamativa frase del presidente: “No queremos servidores públicos que estén chupándome las tetillas”. De inmediato, algunos de sus colaborades la han interpretado como una exhortación de Evo Morales a que no le oculten la realidad, sea buena o mala, o que no le priven de información que necesita para tomar decisiones, por más negativa que se considere. 

Es una de las reflexiones centrales del jefe del MAS en el primer gabinete ampliado del año, que analizó el rumbo del Gobierno en una etapa marcada por la decisión del oficialismo de insistir con la repostulación en 2019. El “gabinete electoral”,  le dicen algunos al renovado equipo del mandatario, que tiene entre sus propósitos corregir falencias de la gestión para buscar la reproducción del poder. Un líder político o empresarial que no asume la autocrítica vive en una peligrosa burbuja. No basta con tener contacto con sus seguidores para que su visión de la realidad sea algo cercana a ella. Los entornos ayudan o condenan con la influencia que inevitablemente ejercen sobre el líder. Cuando el entorno es positivo, las desaciertos son menores. Cuando es nocivo, los errores resultan numerosos y fatales. 

El encierro en las propias ideas enceguece. En cambio, una actitud abierta a las ideas diferentes no es una manifestación de debilidad, sino más bien de madurez y de sabiduría. Hay que examinarse a sí mismo de manera constante y actuar sobre las propias debilidades para corregir los peligrosos extravíos de la ruta. Y hay que desconfiar, más bien, del adulo incesante de quienes acompañan a un líder, pues en el “llunkerío” subyacen muchas veces las traiciones. Si el llamado del presidente a sus colaboradores más cercanos contiene una autocrítica sincera, la gestión que viene tendría que encontrar un rumbo distinto, sobre todo en lo que se refiere a la lucha contra lo que él mismo llama “minicorrupción” y la burocracia. Morales también acaba de exigir a su equipo de trabajo mayor compromiso con el proceso que lleva adelante desde hace 11 años, lo que entiende con una firme lealtad, ante la evidencia de que hay supuestamente “infiltrados” en la función pública. 

El nuevo tirón de orejas en público a sus seguidores no solo debería estimular lealtades con él. Tendría que  sobre todo alentar una mayor eficiencia y transparencia en el Estado. Bolivia tiene una agenda económica y social apremiante en 2017. El país le agradecerá al presidente si se enfoca en ella más que en la ansiedad que le provoca la habilitación en 2019 

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