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Octubre es otra vez testigo de incendios en buena parte de América. Como todos los años y por diferentes causas, varios países, incluido Bolivia, sufren los incendios descontrolados, pérdidas de ecosistemas, extinción de especies animales y vegetales e incluso pérdidas materiales y de vidas humanas. No nos acostumbramos a semejante desgracia, sobre todo cuando el fuego y el desastre es provocado intencionalmente.

Desde Canadá, pasando por Estados Unidos y llegando a Brasil, Bolivia y hasta Argentina la devastación es triste y mayúscula.

En plena pandemia las ciudades sufren por la baja calidad de aire.

Pero hay algunos países más preocupantes que otros, sobre todos aquellos que no les preocupa el daño que ocasionan. Sus intereses no están en la gente ni en la sostenibilidad del planeta. Ya el año pasado los trópicos perdieron 11,9 millones de hectáreas de bosques, según la Global Forest Watch. Brasil, Bolivia, Perú, Colombia y México, los más afectados. Cada seis segundos desaparecía un bosque tropical del tamaño de un estadio de fútbol.

Brasil es el país que perdió más bosques originarios en 2019 y lo sigue haciendo. ¿Torpeza o terquedad? ¿Alguna previsión para evitarlo en 2020?, ninguna. Hoy llegamos ante otro escenario similar.

Según Bomberos de California, EEUU, 9 de los 15 incendios más destructivos en la historia del estado han ocurrido en los últimos cinco años y seis de los 20 más grandes fueron este año.

Recorriendo el mapa hacia el sur la realidad no cambia. La Amazonia vive la peor ola de fuegos de la última década. En la selva amazónica, los satélites del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE) detectaron en septiembre 32.017 focos de incendios, un incremento de 61% respecto al 2019. En El Pantanal, el mayor humedal tropical del planeta, el INPE detectó el mes pasado 8.106 focos con un incremento de 180% respecto a septiembre de 2019.

En los primeros nueve meses del año, los incendios en el Pantanal brasileño totalizan 18.259 focos. Las llamas devoraron este año un 23% de la parte brasileña de este bioma, que se extiende a Paraguay y Bolivia.

Tanto desastre no alcanzaría con los $us 20.000 millones que ofreció Joe Biden en el debate presidencial estadounidense, tampoco se soluciona con la mezquindad de Bolsonaro que no cede un milímetro para entender el problema global.

Entre sequía, deforestación y fuego descontrolado, solo queda el milagro de la lluvia.

Nadie olvida las cicatrices que dejó el año pasado las 5,2 millones de hectáreas quemadas en Bolivia, de las cuales, 4 millones ardieron en Santa Cruz.

Según datos de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN), entre enero y septiembre de este año, los incendios forestales en Bolivia consumieron 2,3 millones de hectáreas de bosques y pastizales. El 90% corresponde a vegetación arbustiva y de pastizales y el 10% a bosques. El departamento más afectado es Beni (1,6 millones de ha.), le sigue Santa Cruz con 520.000 hectáreas. Aunque fuentes oficiales indican que en este departamento ya se han quemado 831.000 hectáreas, pero el fuego avanza en cuatro regiones de este departamento: el Chaco, la Chiquitania, los Valles cruceños y el Pantanal, donde la sequía es histórica. No obstante, los incendios en Chuquisaca y Cochabamba también lastiman.

Hasta el momento no se ha modificado ni una letra de la Ley 741, de septiembre de 2015, que autoriza el desmonte de hasta veinte hectáreas en pequeñas propiedades, etc. etc. y los incendios continúan.

Brasil y Paraguay, en emergencia, al igual que Santa Cruz y parte de Argentina. Queda en el recuerdo y en el bronce el adagio que con orgullo cantamos: “Bajo el cielo más puro de América”, mientras abajo solo vemos el fuego más duro de América.