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6 de enero de 2019, 4:00 AM
6 de enero de 2019, 4:00 AM

El 2018 ha decepcionado, sobre todo por las expectativas generadas con un crecimiento global sincronizado que no se extendió más allá del primer trimestre, y un crecimiento bursátil cuyo fuelle no alcanzó al tercer trimestre.
Con esto en mente, hoy la Reserva Federal protagoniza nuevamente la coyuntura con su política, que exige mucha cautela para los inversores en todo 2019. A partir del nombramiento de Jerome Powell como titular, el incremento de tasas ha sido decidido, además de que finalmente dio inicio a la reducción del hipertrofiado balance (multiplicado más de la Fed liquidando los activos tóxicos que había adquirido de la banca durante la burbuja inmobiliaria), y además el BCE ha empezado por fin a seguirle los pasos desde diciembre pasado, aunque en plena desaceleración de la eurozona y de la China.

Está claro que no hay forma de salir del mentado QE y la NIRP sin generar sobresaltos consecuentes, pero seguir con ellos sería significativamente peor, dadas las burbujas de activos que esta extrema laxitud ha creado sobre todo en renta fija y a lo largo de todo el sector financiero. A lo que Powell parece estar abocado es, anunciarse lo necesario para enfrentar lo que parece ser el inicio de una nueva recesión en EEUU, es decir, en subir tasas solamente para poder bajarlas después.

Lo que a la Fed le preocupa ahora ya no es la generación de empleo como cuando con Yellen, sino el recalentamiento: para que el dólar -ahora en máximos al igual que los mercados con las Faang- no desborde, es mejor pinchar las burbujas que la Fed haya creado con su QE, que esperar que pinche sola después; el objetivo es rescatar el dólar con miras al largo plazo, no simplemente mantener la estabilidad de corto plazo del mercado financiero.

Esto, que tiene precedente solo en el incremento de la tasa de referencia del 11% en 1979 al 20% en 1983, cuando Paul Volcker fue titular de la Fed, es lo que está marcando el paso en la economía global, incluso antes que la guerra comercial entre EEUU y China, o la desaceleración de la economía europea, y esto es bueno en términos generales y de largo plazo, pero al intransigente Trump, que no le gusta nada, puede significarle su primera gran derrota, y él lo sabe, lo señala y se adelanta a lo que pudiera suceder como amenaza a su eventual reelección. ¿Powell logrará alcanzar su objetivo de tasas al 3% natural en 2019?.

En Bolivia nada ha cambiado realmente, la huida hacia adelante desde 2013, inicio de la desaceleración, continuará en 2019 en la eterna espera de que las cosas se solucionen solas en el camino hacia la reelección indefinida, que el precio del petróleo rebote y se mantenga por encima de los $us 50 proyectados en el PGE 2019, y que las empresas públicas alguna vez en 13 años sean rentables; se mantiene la muy peligrosa idea de desestimar una pronta crisis generalizada porque, al aumentar todavía más el gasto público aumentaría el crecimiento, por tanto, la recaudación y, finalmente, la reducción del déficit, pero esto jamás ha funcionado ni va a funcionar, ni en Bolivia ni en Júpiter (habrá que repetirlo hasta el cansancio).

La deuda pública, que ya ha sido llevada al límite, no ha servido siquiera para reducir el déficit, sino para seguir incrementando el gasto, con lo cual, se asoma ya el fantasma de los paquetazos del pasado, pero ni siquiera para financiar la transición a un modelo sostenible, sino para persistir en el error tratando de seguir financiando el mayor estímulo de la demanda interna que este país ha visto nunca: mayores incrementos de hidrocarburos y electricidad, mayores incrementos de impuestos, nuevos romances con la cooperación financiera china o incluso ya del FMI o similares, para solventar la liquidez del sistema financiero una vez que por fin se terminen los gimmicks contables del BCB con la reservas, la estatización del sistema de pensiones y, finalmente, la devaluación de la moneda nacional.

Para los inversores de largo plazo, se prevé que la política de la Fed modere el ritmo del incremento de la tasa de referencia frente a la desaceleración global y el crecimiento ya nada coordinado. La pregunta es, si lo vivido en las últimas semanas se trata de la corrección pasajera de un mercado alcista o un cambio de ciclo donde conviene un cambio de posiciones de cartera.

Durante 2018 hubo malas noticias con Argentina, Turquía, Italia, la guerra comercial entre EEUU y China y las sanciones a Rusia e Irán, debido a que los fundamentales de crecimiento siguen siendo sólidos con caídas del desempleo tanto en EEUU como en el Reino Unido, con niveles de inflación donde los principales bancos centrales se sienten más cómodos con los índices de producción industrial en niveles aceptables, y dado que desde que la famosa curva de tasas se invierte y llega la recesión pasan al menos dos años, el pesimismo de los mercados, que ha llevado al 93% de los activos (excepto el efectivo) a terreno negativo en el último trimestre, es exagerado frente a lo que más parece ser un crecimiento moderado que una recesión global.

Lo que decidan los principales bancos centrales a los largo de 2019, la renta fija parece ponerse relativamente más peligrosa que en un pasado no muy lejano, aunque todavía favorable; y para la renta variable, aunque ha registrado un 2018 más volátil, también tiene sentido mantenerla, más aún cuando la volatilidad significa cómodas oportunidades de compra para sus gestores, pues permite saber qué empresas se mantienen en el mercado sin merecerlo y por simple efecto del estímulo monetario, y no por satisfacer la demanda real efectiva del mercado con auténticas ventajas competitivas.

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