Impreso

Balance democrático, ¿positivo o negativo?

Maggy Talavera 20/10/2019 03:00

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Las elecciones generales que se celebran hoy en Bolivia representan el duodécimo ejercicio de voto popular para elegir a las autoridades ejecutivas y legisladores del país, desde el que fuera solo el primer intento por restablecer la democracia en una nación conturbada por una secuencia de regímenes autoritarios. Una docena de procesos vividos en 41 años, a lo largo de los cuales tuvo que correr mucha sangre para que se logren algunas conquistas en pro de una vida en democracia. Conquistas válidas, pero insuficientes aun. Válidas porque nos permiten todavía repetir el ejercicio de votación, pero insuficientes porque carecemos de los mecanismos que nos garanticen transparencia en el proceso y respeto a la voluntad popular expresada en las urnas.

A lo largo de estos últimos 41 años hemos ido por una ruta llena de vericuetos y baches, a los que no ha sido fácil sortear. Una ruta que continúa presentado esas imperfecciones, o tal vez otras más graves, al punto de obligarnos a detener el paso para replantear trazados y, quien sabe, idear atajos. Una parada obligada que trae aparejada otra condicionante: la de volver la vista atrás y recuperar la memoria de lo sucedido en nuestro país, al menos desde 1978. El 9 de julio de ese año, los bolivianos pudieron volver a las urnas para elegir a sus representantes después de 12 años de estar impedidos de hacerlo, esto sin contar que aun con elecciones celebradas en 1966, las últimas antes de 1978, el país vivió azotado por golpes militares que se repitieron con crudeza a fines de los años 70 e inicios de los 80.

Ese regreso a las urnas en 1978 estuvo marcado, cuando no, por trampas y abusos de los que gobernaban el país desde el golpe militar de 1971: los militares, en alianza con algunos civiles. El candidato oficialista Juan Pereda apareció como ganador del proceso, pero fue tal el escándalo en el escrutinio final, que arrojó más votos que electores habilitados, que las elecciones fueron anuladas. Al día siguiente de ese anuncio, Pereda repitió la vieja fórmula militar y dio un golpe al régimen de su mentor Hugo Banzer, pretendiendo quedarse en el poder por las malas, ya que no lo había logrado por las buenas. No lo logró: cuatro meses más tarde, 24 de noviembre para ser más precisa, fue derrocado por otro golpe militar, a la cabeza de David Padilla que terminó convocando nuevas elecciones para el año siguiente.

Las elecciones generales del 1 de julio de 1979 tampoco tuvieron buen fin. La escasísima diferencia de votos entre Hernán Siles Zuazo (MNRI) y Víctor Paz Estenssoro (MNR), 35.97% contra 35.87%, a la que se negó dirimir Hugo Banzer (ADN) con su 14.89%, obligó a llegar a un acuerdo extraordinario que eligió a Walter Guevara, entonces presidente del Senado, en la presidencia de Bolivia por un año, a condición de que convocara nuevas elecciones. No tuvo tiempo de cumplir su palabra: el 31 de octubre del mismo año, fue derrocado por otro golpe militar encabezado por el coronel Alberto Natusch Busch. Natusch tampoco duró. A solo 16 días de su cruento golpe, tuvo que renunciar y condicionó la misma a que Guevara no continuara en la presidencia. El Congreso aceptó la condición y eligió entonces a Lidia Gueiler como presidente interina. Gueiler duró solo ocho meses: otro militar, Luis García Meza, entró en escena con un nuevo golpe el 17 de julio de 1980.

Fue por pugnas entre los mismos militares y movilizaciones sociales que la COB coronó con una huelga general en septiembre de 1982, que finalmente cayeron los militares y Bolivia retomó el interrumpido camino democrático, reconociendo a Siles Suazo, ganador en 1980 de las elecciones generales, como nuevo presidente. Obligado a renunciar antes de concluir su mandato, convocó nuevas elecciones en 1985. Desde entonces hasta el presente, los bolivianos hemos acudido a las urnas para elegir a nuestras autoridades y representantes. Pero lo hemos hecho sin poder respirar aliviados. La incapacidad de los actores políticos de respetar las reglas del juego democrático, de reconocer a ganadores y aceptar derrotas, así como el afán de no pocos de ellos de eternizarse en el poder, nos siguen jugando mal.