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Bilis y política en Bolivia

Daniel Valverde 14/5/2020 03:00

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Bilis es lo que provoca nuestra menuda política y literalmente es lo que me incito escribir este artículo. Resulta ser que nuestro país va camino a enfrentar la crisis más dramática de su historia reciente y habrá que elevar plegarias para que no se convierta en la peor de toda su historia. Mientras eso ocurre nuestros actores políticos dominantes, lo único que hacen es destilar bilis a granel.

Arrastramos una crisis política estructural (partidos, instituciones, liderazgos y valores democráticos muy deteriorados), a ello se suma la llegada de una peste que ha descontrolando el frágil sistema sanitario. Por si fuera poco, la pandemia provocará una severa crisis económica que impactará con fuerza sobre los sectores deprimidos, con riesgos de que el desempleo, la desnutrición o la violencia entre otras consecuencias, nos acompañen por largo tiempo.

Estamos frente a una crisis multifactorial, y todos los caminos nos llevan a un laberinto oscuro y agobiante. La política que tendría que ser la gran herramienta para encontrar salidas a nuestra compleja y delicada situación, es la que nos hunde cada día más por el comportamiento cavernario o tóxico de sus actores.

Los personajes bilirrubìnicos de nuestra política, algunos dentro y otros fuera del gobierno, en lugar de pactar agendas políticas, sanitarias, económicas y electorales, se encuentran consagrados a incendiar los ánimos de la población, levantar cortinas de humo para sus fechorías políticas o económicas, y con ello están atizando las condiciones para que la crisis sea más severa, se pierdan mayor cantidad vidas, empleos, se divida más el país y juntos mascullando bilis como ellos, caigamos en el precipicio.      

La errática conducción de la crisis sanitaria, las declaraciones incendiarias e irresponsables del ex presidente Morales, los viajes placenteros de ministros y arrimados al gobierno, las acusaciones burdas y autoritarias de Murillo de meter preso a troche y moche, además de su cínica carta, conjugada con la actitud belicosa de dirigentes chapareños y de otros enclaves, son el combustible para incendiar Bolivia, con la infame finalidad  de que los pirómanos luego se disputen la salvación del país.

Es una obligación moral urgente e inmediata que el gobierno de transición, carente de legitimidad y con una legalidad agonizante, deje de hacer apuestas de que ganará las elecciones (texto calcados en las cartas de Murillo y la presidenta Añez a tiempo de observar una ley de elecciones), deben convocar al dialogo y dejar de usar la pandemia para hacer campaña y en paralelo distraernos con epítetos, adjetivos y estupideces que liban por redes sociales o medios de comunicación en rounds de ida y vuelta intrascendentes.

El sentido común enseña que dos males no llegaran nunca a convertirse en un bien. Los abusivos de ayer o los de hoy, no pueden seguir siendo actores de la conducción de la política boliviana, menos en una crisis tan dura como la que se aproxima. La política sin bilis y con dialogo que busque con grandeza y desesperación una gran concertación nacional  es la única herramienta que  podrá  evitar que caigamos en el abismo sin retorno al que nos aproximamos. 

La sociedad civil, y los militantes del partido desplazado del poder, así como de los que accidentalmente se encuentran en el gobierno, o en inocuas organizaciones políticas, deben obligar la renovación de cuadros y comportamientos políticos. La política de la bilis fracasó, nos ha intoxicado y puede liquidarnos igual o peor que el virus.

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