Edición Impresa

Biotecnología y desarrollo

Óscar Ortiz Antelo 27/4/2021 05:00

Escucha esta nota aquí

El uso de la biotecnología para la producción de alimentos es fundamental para el desarrollo social y económico de Bolivia, garantizar la seguridad alimentaria, promover la creación de empleos, mediante el incremento de la producción y las exportaciones agroalimentarias, al mismo tiempo que impulsar el desarrollo sostenible y la preservación del medioambiente. La decisión del presidente Arce de derogar el decreto supremo 4232 es una nueva medida retrógrada que limita el progreso, la productividad y la competitividad de la agricultura boliviana.

No solo ello, nuevamente se le miente al pueblo boliviano indicando que se habría eliminado una autorización del Gobierno de la expresidente Jeanine Áñez para “toda la cadena de transgénicos en nuestro país, en trigo, maíz, en todo…”. En realidad, el decreto 4232, lo que hizo fue autorizar establecer procedimientos abreviados para la evaluación del maíz, caña de azúcar, algodón, trigo y soya, genéticamente modificados en sus diferentes eventos, destinados al abastecimiento del consumo interno y de la comercialización externa.

Como se puede apreciar, no se autorizó ningún evento en particular (evento, en esta materia se denomina a una variedad de semilla genéticamente modificada), sino que se autorizó procedimientos abreviados limitados a solo cinco productos, los que implicaban que se realizarían pruebas durante dos cosechas anuales, antes de dar la autorización a un evento específico, disminuyendo el procedimiento de autorización, de entre cinco y ocho años a como mínimo dos años, con lo que se tendría la oportunidad de verificar que se cumplan con todas las normas de bioseguridad necesarias.

Al mismo tiempo, es importante resaltar que de los cinco alimentos mencionados solo se consideran especies de origen algunas variedades del maíz producidas en ciertas regiones. Incluso las normas que se aprobaron determinaban que no se afectarían las zonas de las especies de maíz consideradas de origen. Sin lugar a discusión alguna, no somos centro de origen del algodón, ni de la caña de azúcar, ni de la soya ni del trigo, por lo que, en estos cuatro casos, no se afectaría a ninguna variedad de origen del territorio boliviano.

En una conversación que sostuve recientemente con Cecilia González, biotecnóloga boliviana, me manifestaba su extrañeza de que Bolivia es originaria de distintas variedades de ajíes y de maníes, de los cuales no se habla y peor se trabaja seriamente en su preservación, a pesar del inmenso potencial económico que tuviera su aprovechamiento. En el caso de la papa, de la cual compartimos la condición de centro de origen con Perú, consumimos regularmente solo cinco variedades de las muchas que tenemos. Igualmente, en el caso del maíz, solo estaríamos produciendo alrededor de diez variedades.

El uso de la biotecnología nos permitiría incrementar notablemente la producción alimentaria en Bolivia con la misma superficie de la tierra, con lo cual se logra un equilibrio entre la necesidad de producir más para generar mayores ingresos para el agricultor, alimentos y divisas para la economía nacional, al mismo tiempo que usar con mayor eficiencia la tierra (aquella que sea apta para el uso agrícola). Al aumentar una tonelada de soya por hectárea o multiplicar por dos o por tres la producción de maíz, en aquellas áreas que no son consideradas centro de origen, se mejoraría sustancialmente la situación social y económica de todos quienes viven alrededor de la agricultura y su efecto multiplicador, con mayor impacto en los productores pequeños, además de disminuir el uso de plaguicidas y pesticidas agresivos contra el medioambiente.

Esta no debe ser una discusión política ni ideológica, sino técnica y científica, pues está en juego el futuro del empleo, la mejora de las condiciones de vida de la población rural y la viabilidad económica del país en su conjunto.

Comentarios