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Dos recientes informes de la prestigiosa Universidad Johns Hopkins de Estados Unidos y el Instituto Lowy de Australia colocaron a Bolivia en la cola de Sudamérica en desempeño de capacidades para afrontar la pandemia del Covid-19.

Los estudios toman como referencia indicadores como el número de camas, médicos, intensivistas, enfermeras, decesos y otros detalles de este tiempo de pandemia.

El estudio de Johns Hopkins afirma que Bolivia tiene un gasto per cápita de 445,8 dólares en salud, por debajo de otros países con menor inversión pública, como Paraguay, que invierte más de 700 dólares por ciudadano en salud, Ecuador con más de 1.000. Incluso Venezuela, con todas las dificultades mayores que enfrenta, destina más de 500 dólares per cápita a la salud de su gente.

Según el Ministerio de Salud de nuestro país, la inversión en salud subió de Bs 2.522 millones en 2005 a Bs 22.216 millones en 2021, es decir diez veces más.
Sin embargo, el religioso Mateo Bautista, conocido como el Padre Mateo, impulsor de la campaña del 10 por ciento para salud, critica que aquello del porcentaje ha sido un engaño porque lo que se aprobó equivale al 10 por ciento del presupuesto general de la nación, pero que no llega al 7 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB).

‘Estamos igual o peor que en 2015, cuando empezamos este proyecto de ley”, se queja el religioso.

El ex ministro de Salud Aníbal Cruz cree que siempre hubo confusión en la inversión del Estado boliviano en salud, porque se mezcla el presupuesto público con el de la seguridad social y con la suma de ambos factores se llega a un 10 por ciento engañoso. En el país, la seguridad social mantiene al 33 por ciento de la población.

Otro error frecuente a la hora de cuantificar la inversión del Estado boliviano para la salud es que se incluye la infraestructura y equipamiento, con lo cual naturalmente el porcentaje sube, pero el presupuesto específico para la atención en salud no llega al 10 por ciento.

Según la Universidad Johns Hopkins, Bolivia tiene 1,3 camas por mil habitantes; 252 camas de cuidados intensivos, esto es 2,16 por cada 100 mil habitantes; ocho médicos por cada 10 mil habitantes; 3,9 enfermeras por cada 10 mil habitantes; 1,6 intensivistas para 100 mil habitantes; 3,43 respiradores por cada 100 mil personas; y 13 laboratorios oficiales Covid-19.

En la proporción de camas por 10 mil habitantes, Bolivia ocupa el octavo entre diez lugares de la región; el noveno en número de médicos; y el décimo puesto en número de disponibilidad de enfermeras.

En comparación con otros países de la región, Bolivia se ubica en el noveno lugar en número de intensivistas por 100 mil habitantes; es el décimo en camas de Unidad de Cuidados Intensivos y el noveno en número de respiradores mecánicos por 100 mil habitantes.

A casi un año de la aparición del virus en Bolivia, a nadie le queda duda de que la pandemia puso al descubierto el pésimo estado de las condiciones para la salud en el país. En realidad, siempre supimos que estábamos en la cola de la región, pero nunca -hasta que vino el Covid-19- entendimos por qué eso era dramático, y lo supimos con muertes cercanas, con el drama de enfermos desfilando de uno a otro hospital buscando atención. Hoy lo sabemos. Pero sería necio no aprender la lección de una experiencia que aún no ha pasado, porque estamos aún en ella, y no hacer nada para cambiar este cuadro entre frustrante y trágico.

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