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El 80% de los recursos de Bolivia es manejado desde un solo lugar, La Paz, ciudad que sufre un constante asedio porque tiene como inquilino al Gobierno central y debe dar cuenta de toda la asignación de recursos, por la que es blanco permanente de reclamo nacional. Esta injusta determinación centralista es una de muchas razones por las que Bolivia podría comenzar a agrietarse con daños irreversibles. La federalización del Estado traería consigo la corresponsabilidad en el manejo de recursos, con atribuciones y obligaciones de cerca y derramaría los recursos en el territorio de manera más participativa, consensuada y responsable. No olvidemos que la mitad de nuestro territorio lo perdimos por falta de presencia del Estado en zonas lejos de la capital; actualmente los recursos llegan apenas y en cantidades ínfimas, solo hasta las capitales de departamento. No hemos aprendido.

Para que Bolivia no se nos rompa, es mejor planificar. En ingeniería civil, en la especialidad de estructuras se llaman juntas de dilatación, son divisiones que se hacen cuando se diseñan grandes estructuras, para evitar que las mismas se agrieten causando traumas severos que pongan en peligro toda la obra; se calculan cortes o líneas que debilitan de forma deliberada esta pequeña parte de la masa, subdividiéndola en partes, de tal manera que frente a una dilatación o una contracción, pueda la estructura salir airosa y sin daños que, generalmente, son irreversibles sin las juntas de dilatación que hacen que toda la estructura se mantenga intacta. Es una metáfora aplicable a Bolivia.

Sonaría a insulto afirmar que en algunos departamentos no hay capacidad humana para administrar sus propios recursos y no creo que algún departamento se niegue, prefiriendo que se lo administren desde la sede de Gobierno, como ocurre hoy, en vez de tener la posibilidad de planificar sus inversiones, priorizar las potencialidades de sus municipios, aglomerados en provincias, hacer sus planes de desarrollo, todo de cerca, con su gobernador departamental, subgobernadores en provincias, alcaldes fiscalizados por su Consejo Departamental y sus concejos municipales.

Si nuestra forma de administración de país hubiese sido federal, los últimos años de malgasto de recursos, hubieran sido de inversión; seguramente habría menos estadios de fútbol en medio monte, menos museos sin sentido, menos elefantes blancos, pero sí, más escuelas, más hospitales, más agua potable, más alcantarillado sanitario, dejando las inversiones productivas a la empresa privada o cooperativas de productores.

La Paz seguiría siendo la sede del gobierno federal, podría ese departamento aprovechar sus grandes potencialidades de productividad y sacarse el estigma de vivir de las pegas de ministerios o de favores políticos de los gobiernos de turno, que le han traído más daños que beneficios. Sus municipios esperan por siglos un empujoncito para dejar de expulsar gente.

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