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Bolivia y la democracia, ¿un problema de salud mental?

Maggy Talavera 8/11/2020 05:00

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Una frase dicha hace unos días por la abogada Julieta Montaño durante una conversación pública que sostuvimos en línea, volcó mi mirada hacia un ámbito distinto para tratar de comprender el comportamiento político, y particularmente electoral, de los bolivianos. 

El tema era la victoria del MAS en las elecciones generales del 18 de octubre pasado, con un porcentaje difícil de asimilar, considerando las graves y numerosas denuncias que pesan contra la cúpula que gobernó Bolivia los últimos catorce años, tanto por corrupción, como por violación de derechos humanos y, para rematar, por fraude electoral en 2019.

“Bolivia parece vivir el síndrome de la mujer maltratada”, fue la frase de Julieta. Aludía al cuadro patológico que presenta una persona maltratada física o emocionalmente y que la hace “incapaz de tomar acciones determinantes para detener el abuso o escapar de él”.

A esa persona le cuesta pedir ayuda, es incapaz de enfrentar a su agresor o escapar de él. Y claro que me dejó pensando en el tema. Extrapolé el análisis a situaciones similares vistas en otros procesos electorales, frente a actores distintos al MAS, pero cuyas características eran similares: corrupción, abuso de poder, misoginia y un largo etcétera. Y me deparé con un patrón de conducta recurrente, aunque con nuevas aristas.

No se trata solo del síndrome de mujer maltratada. Analizando los hechos políticos y los comportamientos de los electores bolivianos, da para traer al debate otros síndromes tan preocupantes como el ya citado. 

Aun del ámbito de la violencia doméstica podemos citar otro síndrome, el de la adaptación paradójica, que bien puede ser utilizado también para tratar de explicar el comportamiento del electorado boliviano: es el que trata de explicar cómo y por qué las víctimas de maltrato crean un vínculo afectivo con su maltratador, al punto de aceptar sus “disculpas” tras cada hecho de violencia e incluso eximirlo de culpa y pena. ¿No les suena a realidad vista y aceptada en esta coyuntura política?

En ese síndrome, se cita como ejemplo el caso de víctimas que llegan a retirar denuncias contra su agresor, presentadas en la Policía, impidiendo con ello el castigo de los abusos. No son pocos los casos que terminan en la muerte violenta de la víctima, porque quien la agrede repite los ataques una y otra vez. 

Repaso estas lecturas y no puedo evitar pensar en lo que ocurre en este exacto momento en Bolivia, con fiscales y jueces liberando a más de un ex funcionario masista denunciado e incluso preso por la comisión de varios delitos. Pero hay más. Está el síndrome de la indefensión aprendida, que bien puede explicar, en el caso que nos ocupa, el comportamiento de los actores políticos de oposición. Veamos.

Se usa el término indefensión aprendida para explicar la conducta de quienes actúan pasivamente frente a situaciones que deberían provocar rebeldía, porque creen no tener capacidad de hacer frente a los abusos.

Es más, ni siquiera son capaces de aprovechar las oportunidades que se les presentan para cambiar la situación adversa, porque temen enfrentar situaciones desagradables; o, sencillamente, porque ceden a las tentadoras “recompensas” ofrecidas por el agresor. ¿No suena a realidad conocida? Vale para los políticos que se declaran opuestos al MAS, pero también para las elites económicas y las académicas o intelectuales que han claudicado más de una vez frente al poder masista.

Podríamos seguir explorando aun muchos más este campo que hace a la neurociencia, a la siquiatría, a la sicología, para tratar de encontrar explicaciones al comportamiento de los políticos y del electorado. Pero, por ahora, llego hasta aquí y me basta para intuir que lo que Bolivia necesita hoy es una buena sicoterapia colectiva, a cargo de un equipo multidisciplinario que sea capaz no solo de diagnosticar las causas de los síndromes que aquejan a la sociedad boliviana, sino también de proponer un tratamiento serio a corto y largo plazo que permita superar uno a uno esos síndromes. No hay otro camino para dar calidad a nuestra salud mental y a nuestra democracia.

Ojalá esa sicoterapia comience ya nomás, trabajando primero con los actores políticos, para ver si es posible que eviten repetir yerros cometidos en el último año, de cara a los dos grandes e importantes procesos electorales que enfrentará en breve este electorado boliviano: uno para elegir a gobernadores, vicegobernadores y asambleístas en los nueve departamentos del país, y otro para elegir a alcaldes y concejales de 340 municipios.