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¿Se puede cambiar una realidad para reemplazarla por una mentira? Sí. Y, aunque parezca mentira, esto se ha venido haciendo desde siempre. Los que cambian la verdad, lógicamente, son los que tienen el poder para hacerlo y completan su tarea, primero, con algunos constructores de realidades actuales, que hoy llamamos periodistas, y, después, con algunos constructores de realidades pasadas; es decir, historiadores.

Aunque duela reconocerlo, la fundación de Bolivia fue el resultado de una mentira.

Por real cédula de Carlos III, emitida el 1 de agosto de 1776, “Buenos Ayres, Paraguay y Tucumán, Potosí, Santa Cruz de la Çierra, (y) Charcas” pasaron a depender del que sería el Virreinato del Río de la Plata. Eso explica la dependencia que Charcas tuvo de Buenos Aires cuando estalló la Guerra de la Independencia, el 1 de enero de 1809.

Cuando eso ocurrió, los representantes de la corona española debieron afrontar obvios problemas administrativos derivados de la convulsión existente. Tras los alzamientos de Buenos Aires, Chuquisaca y La Paz; el 13 de julio de 1810, el entonces virrey del Perú, José Fernando de Abascal y Sousa, dispuso, mediante bando, que las provincias dependientes del virreinato del Río de la Plata pasen a depender del del Perú “hasta que se restablezca en su legítimo mandato el Excmo. Señor Virrey de Buenos-Ayres, y demás autoridades legalmente constituidas”. Como sabemos, eso jamás ocurrió así que dejó en un limbo jurídico a varios territorios, incluida la Audiencia de Charcas, hoy Bolivia.

Los territorios rioplatenses no acataron el bando, pues constituyeron la unidad político-administrativa denominada Provincias Unidas del Río de la Plata, pero, tras los acontecimientos que derivaron en el alejamiento de Charcas de las autoridades establecidas en Buenos Aires, surgió la duda respecto a su dependencia.

En 1825, Charcas estaba en una disyuntiva: ¿debía depender del Perú o del Río de la plata (hoy Argentina)? Encabezados por Casimiro Olañeta, los influyentes de entonces, que radicaban en la sede de la Audiencia, Chuquisaca, se dieron cuenta que, en un territorio extenso, como eran esos países recientemente constituidos, su influencia iba a mermar, así que impulsaron la tesis de la independencia, pero no de España, sino de Lima y Buenos Aires. No depender de ninguno significaba fundar un nuevo país. Para que Bolívar no se oponga, acordaron ponerle su nombre. Ese fue, y no otro, el origen de Bolivia.

Como verán, respetados lectores, a los que quieren ejercer el poder, y no soltarlo, no les conviene la verdad así que necesitan convertir las mentiras en falsas realidades.

Juan José Toro Montoya es Periodista


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