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Es tan complejo nuestro país que no nos damos cuenta de lo que están haciendo los políticos de “afuera”. No estamos hablando de Bolivia, ni de sus políticos. Veamos: el discurso incendiario, polémico y desfachatado de Donald Trump encontró su reflejo en el sur del continente con el papel que ha jugado Jair Bolsonaro, en Brasil, durante sus primeros doscientos días de Gobierno. Al igual que el rechazo que ha recibido el primero -que esta semana incluyó la votación en la Cámara de Representantes en contra de sus más recientes declaraciones- la acelerada pérdida de popularidad del segundo sugiere la existencia de unos límites sociales a la retórica del odio sobre la que cabalgan estos y otros gobiernos.

La historia reciente de Bolsonaro es bien conocida: su ascenso al poder a partir de una agenda que incluía la lucha contra la corrupción, una postura económica proempresa, la flexibilización de la política ambiental, mano dura contra la criminalidad y el compromiso de sacar al país de la crisis económica. En lo corrido del Gobierno, sin embargo, su gestión se ha caracterizado más por un discurso altisonante y ataques y provocaciones a sus opositores, que por esfuerzos orientados a resolver los verdaderos problemas de la población.

En materia de seguridad, por ejemplo, ese discurso se ha traducido en facilitarle a la policía matar criminales o sospechosos de serlo, la participación del ejército en operaciones en zonas urbanas y un mayor acceso de la ciudadanía a la compra de armas. Estas medidas solo han incrementado las violaciones de derechos humanos y eventos de violencia política, sin que haya claras mejoras en las condiciones de seguridad ciudadana.

El balance general de su gestión dista mucho de lo prometido en campaña, lo cual ha provocado manifestaciones masivas en su contra, una creciente polarización y una parálisis en el Congreso asociada a su falta de capacidad para generar consensos, actualmente el único logro visible es el primer paso en la reforma de las pensiones. Una encuesta reciente ubica al actual presidente con la popularidad más baja desde el retorno de la democracia al país en 1985.

La falta de logros en materia de seguridad muestra un claro contraste entre la efectividad del discurso en términos de movilizar electores y su ineficiencia para abordar problemáticas tan complejas como aquellas detrás de las diferentes formas de violencia, a partir de posturas facilistas como un simple “mano dura”.

En un escenario donde el inmediatismo en la información, la capacidad de confusión del electorado, el llamado a sus instintos más básicos y el uso de estos sentimientos para obtener victorias políticas son prácticamente la norma, el fracaso en las políticas de mandatarios como Bolsonaro, muestra los límites de esta apuesta a la hora de gobernar.

La ciudadanía, en lugar de ser testigo de debates políticos, está en espera de soluciones concretas a sus problemas cotidianos. Algo que con frecuencia olvidan aquellos cuyo único capital político está atado a la vigencia de la confrontación y la retórica del odio.

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