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Cacharpaya: A Don Ramiro in memoriam

Domingo, 25 de febrero de 2024 a las 03:25

Por Redacción

Bernardo Prieto /ENSAYISTA

Tanto con mi hermano como con mi papa reímos cuando hablamos sobre su entierro (el de mi papa). Que cosa diremos, que haremos, que chiste contaremos. Yo no soy muy entusiasta de los funerales oscuros, callados y tristes; y si bien, la muerte es el precio que pagamos por nuestro pecado, es decir, la realidad dolorosa de la cual no podemos escapar es bueno no olvidar que la muerte no es nuestro destino final. No por nada la Iglesia tiene por costumbre festejar y recordar a cada santo precisamente en el día de su muerte ¿nadie ve lo extraño de este hecho? Aquí dos hechos importantes: no hay que olvidarse que muy seguramente muchos terminaremos yendo al purgatorio, y solo después de un largo proceso de purificación, podremos entrar propiamente en el cielo, por esto mismo, no parece propio “organizar una fiesta” por alguien que todavía no ha entrado en comunión completa con el Señor; pero, y esto es lo importante, tenemos certeza de que, antes o después, si lo hará.

La liturgia católica, de cual se desprende propiamente la idea de fiesta, funciona de alguna manera de esta forma: es la unión terrenal con el cielo, una forma de participación anticipatoria de lo que está por venir. Es decir, la fiesta de la vida (en la vida) que ha vencido la oscuridad de la muerte. No por nada, en la Liturgia no falta la música, las artes e incluso, en su forma transustanciada, la comida y la bebida. Por esta razón, creo yo, que todos los funerales deberían de tener siempre algo festivo, no tanto por ser conmemoración de una vida (que como todas la vidas humanas es incompleta y contradictoria y muchas veces se encuentra signada por la tragedia), sino como celebración de la vida eterna que comienza en esta.

Volviendo a la idea central: descubro precisamente este aspecto festivo de los funerales, cuando mi abuela habla sobre la muerte con una extraño y particular sosiego. Ella dice que ahora, al final de sus días, solo espera que pronto el Señor se la lleve. Mi abuela habla de la muerte como un evento muy cercano e inevitable y suele, sin embargo, hablar alegremente, como quien planea un viaje cualquiera.Ella me dice que quiere ser enterrada en la tumba cercana a sus padres y que quiere que se escuche “El Cisne”: una canción que parece contradecir todo lo que, hasta ahora, escribí sobre la muerte. Dicha canción, un precioso yaraví compuesto por los Jairas, es de una amargura y autoconmiseración que lindan con el desprecio; una canción de una espesura que, en sus mejores momentos, me recuerda a los “Heraldos Negros” de Cesar Vallejo (la letra de la canción proviene de un poema escrito por Adela Zamudio).

Dicha canción parece ser un ejercicio en el locus classicus de la “vida como valle de lágrimas” (mi abuela que se identifica con este canción, se crio en el tiempo de la posguerra del Chaco y fue la mayor entre ocho hermanos). Entre las imágenes de este poema tenemos la de flor envenenada, la del alma insomne y, justamente, la del cisne que canta antes de morir (imagen importante para todo el modernismo latinoamericano y que seguramente proviene, en nuestra tradición, de la Metamorfosis de Ovidio); pero solo al final de la canción escuchamos una frase que me gusta mucho: “Yo que siempre he vivido llorando/Quiero al menos cantando morir”. Pues incluso toda vida amarga espera tener un momento de paz y de sosiego, es decir, de música.

Que todo canto sea un atributo divino no es necesariamente una afirmación teológica (en el sentido de verdad revelada) sino una intuición que naturalmente tenemos, pues, ya lo escribió un hombre verdaderamente atormentado: “sin música la vida sería un error”. Mis papas tienen una frase genial (y verdaderamente escatológica) que yo y mi hermano solemos repetir: “nadie me quita lo bailado”. Y es que, en el último día, no podremos llevarnos nada con nosotros. Y, sin embargo, aunque perdamos todo, nadie podrá arrebatarnos nunca todo lo que hemos vivido. En la tradición musical boliviana existe un precioso genero (si acaso correcto hablar de géneros en las artes como ya denunciaba Croce) que expresa, con precisión extrema, la idea que he tratado de exponer: la cacharpaya.

La cacharpaya es, según una curiosa entrada lexicográfica: “La fiesta con la cual se despide el Carnaval y, en ocasiones, al viajero”; en el caso específico del Carnaval de Oruro, es el último baile que se realiza cuando se va en camino a despedirse de la Virgen. La cacharpaya es un género rapsódico, ligero y scherzoso donde todo parece acelerase, pues, como es evidente, ya no nos queda más tiempo. Y, sin embargo, llegado el “último día”, en un recapitulación vertiginosa de todo lo vivido, es qué volvemos a llorar, reír, cantar y bailar, incluso con mayor intensidad.

No es casual que en la cacharpaya nos podamos reconocer como viajeros que se despiden, es decir, en peregrinos que saben que su morada no se encuentra verdaderamente en este mundo. Volvamos al funeral de mi papa, a él, como a mi abuela, le gustaría que le acompáñese un banda de músicos en su entierro. Tal excentricidad me parece una deseo verdaderamente puro y genuino (aunque demasiado costoso); deseo el cual reproduce, quizá inconscientemente, el gesto de aquel cisne que quiere cantar antes de morir. Pues, de esta vida, de esto estoy seguro, hay que despedirse bailando. 

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