Opinión

Callo en la conciencia y en la rebeldía

El Deber 18/4/2019 04:00

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Cuenta la historia que Hitler hizo matar a incontables millones de personas. Cuenta también que lo pudo hacer porque otros tantos millones lo seguían y lo aplaudían. Uno de los pueblos más cultivados del mundo lo hizo su líder y respaldó hasta el absurdo la soberbia y la muerte que anegó su tierra y el mundo. Estaban ciegos. Solo después, ahogados en la derrota, descubrieron el error.

Stalin mató millones y millones y millones de compatriotas, muchos compañeros del propio partido ¿Fue solo su culpa? En buena parte fue culpa de los que lo encumbraron y de los que lo consintieron. También fueron culpables los millones de seguidores que lo asumieron como jefe o ídolo en todos los partidos comunistas del mundo. Ninguno tuvo lucidez suficiente para entender que la liberación del pueblo no puede pagarse con la muerte del mismo pueblo. Pero todos, ciegos, lo reverenciaron.

¿Y Pinochet? No importa su concepción de la economía. Aunque fuera la más sabia de la tierra, nada justificó la crueldad de dolor y exterminio con la que la impuso. Tuvo culpa la multitud que lo obedecía, que aplaudía. Ninguno comprendió que bendecía la muerte. Sus seguidores asumieron como propia la vocación de matar, de aplastar. Cómplices. Compañeros de barbarie, porque fueron incapaces de despertar su rebeldía.

Cuando en nuestro país gobernaba el señor Paz Zamora me sacudió el comentario de un amigo. No recuerdo quién salió en la conversación. Tenía que ser algún miembro del partido político de aquel gobierno. No puede ser honesto, dijo mi amigo. El que convive, el que apoya con su militancia tanto robo y tanta mentira, no puede ser honesto. Y la deshonestidad no la perdonan la patria ni la historia. Se me movió el piso porque la amistad, la alegría compartida durante años, cuatro sueños vagos en los que continuábamos sintonizados, me habían nublado la conciencia y descubrí que dormía mi espíritu crítico.

Muchos tenemos amigos que quisimos o que admiramos que se sienten parte viva y combativa del MAS, del entorno de Evo Morales. Por fin gobierna este país un indio, un indígena, un pobre, dicen. Son los que siempre soñaron que algún día cambie la suerte de nuestros pueblos olvidados. Lo curioso es que esa extraordinaria sensibilidad que los conquistó para el bando de Evo, no los hace saltar como un resorte cuando los enviados del mismo Evo emprenden a palos en Chaparina contra los indígenas que antes amaban. Como en tantas ocasiones, como en tantas épocas, tienen atrofiada la capacidad de juzgar al líder que impone desde arriba, no son capaces de criticar los errores propios.

Esa falta de crítica interna, esa incapacidad culpable de descubrir inconsecuencias y delitos propios, es la que ha acabado con muchos procesos y ha agotado el fallido intento de cambio que hubiera podido ser el MAS.