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Nadie puede negar que hubo cambios en Santa Cruz de la Sierra durante las últimas semanas. La cuarentena se va aflojando paulatinamente, mientras los controles disminuyen hasta casi desaparecer. Al parecer, hubo un cambio de estrategia en la guerra contra el Covid-19, pero este viraje no ha sido comunicado formalmente a los habitantes de la urbe más grande y dinámica del país.

Desde el lunes, quienes salen a la calle se sorprenden por la cantidad de vehículos que circulan en las calles y avenidas. Muchos con autorización del Ministerio de Gobierno, pero otros tantos utilizan letreros de negocios de alimentos, logos de diversas empresas y también están los que sacan sus motorizados sin ninguna marca que indique que tienen permiso. Es más, incluso subió la cifra de los accidentes viales, como muestra de que, aparte de romper las normas de la cuarentena, muchos choferes corren y vulneran las reglas de tránsito.

“Con cuarentena o sin cuarentena vamos a tener lo que tenemos; en su momento fue efectiva, tuvimos buena contención, pero ahora ¿qué diferencia hace si todo el mundo está en las calles?”, cuestionaba el secretario departamental de Salud, Óscar Urenda, admitiendo una realidad contundente. A su vez, el gobernador cruceño, Rubén Costas, lanzó cuatro directrices que más hablan de flexibilización de la cuarentena: pruebas rápidas, distanciamiento social, uso de barbijos e higiene. 

Ambas declaraciones muestran que hubo un cambio importante en la política de combate al Covid-19 y que esta ocurre en un momento crítico, primero porque Santa Cruz ha entrado en la fase de mayor contagio; segundo, porque no se puede negar que el hambre carcome miles de hogares, especialmente en la periferia de la ciudad y que ninguna acción solidaria ha sido suficiente para conseguir que los más pobres tengan posibilidades de alimentarse.

Esto ocurre también en el departamento que más actividad agropecuaria e industrial tiene, a escala nacional. El campo cruceño antes del coronavirus bullía de actividad los 365 días del año, con siembra y cosecha de productos para el consumo nacional y también para la exportación. Desde este lunes, las fábricas empezaron a andar a media máquina, pero al menos encendieron motores, y eso implica movimiento de gente.

No se puede desconocer, sin embargo, que también hay un grado de indisciplina ciudadana que contribuye al panorama ya descrito.
Los cambios están en proceso, la pregunta que todos se hacen es si, en contrapartida, logramos tener las condiciones para que los contagios no saturen los hospitales y que los médicos no lleguen a los extremos de otros países en los que se tenía que decidir a quién salvarle la vida por falta de respiradores.

Ya vimos que esta región, a pesar de las características ya mencionadas, sigue siendo víctima del centralismo en la entrega de ítems y equipos para la salud. Y resulta que ahora es en Santa Cruz donde está el epicentro del contagio, con 2.894 casos hasta el lunes por la noche. El 5 de mayo se contaban 1.083 personas infectadas, pero 15 días después la cifra está cerca de triplicarse.

Entonces, es tiempo de que la presidenta y sus colaboradores tomen conciencia de que Santa Cruz necesita un presupuesto diferente, una estrategia propia y todo el auxilio que sea necesario, a fin de que la combinación entre la flexibilización de la cuarentena de facto que se está viviendo y la falta de recursos de salud no se conviertan en un cóctel explosivo de lamentables consecuencias. 

Es tiempo de gobernar de manera justa con el departamento que más le aporta al país, abrazando a la población migrante y produciendo la canasta alimentaria que requiere Bolivia.