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Nos pintan una Bolivia de ensueño y pareciera que sí lo es, a juzgar por el alto porcentaje de intención de voto del que goza el MAS, después de 13 años en el poder. Pero luego uno ve los informes de organismos internacionales que hablan de niveles de “pobreza multidimensional” superiores al 60% en Bolivia. Ese término (multidimensional) significa que la gente no tiene plata para comprarse bienes durables, tales como un juego de living, una educación de calidad o ver la Casa de Papel en Netflix. Además, indican que esta situación amplía las brechas de desigualdad, y tampoco sirve de consuelo compararnos con otros países, porque Bolivia es el que menos redujo la pobreza en Latinoamérica, según dicen. ¿Cómo se explica, entonces, que muchos de estos pobres multidimensionales no quieran cambiar el proceso de cambio? Conformismo, resignación, esperanza, ignorancia… no lo sé, me declaro un confundido multidimensional.

En toda esta vorágine política, nos aprestamos a recordar la creación de nuestra patria. ¿Alguien se acuerda de Antonio José de Sucre? Fue el hombre que puso en marcha este país ese 6 de agosto de 1825 y que renunció a la presidencia vitalicia tres años más tarde. La plata que recibió del Congreso la repartió entre los pobres, los huérfanos y las viudas de los caídos en la batalla de Ayacucho.

Podríamos abundar en sus actos de heroísmo, pero prefiero quedarme con esta frase suya de dimensión humana: “Nada es más importante que la tranquilidad interior”

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