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El desafortunado decreto de las quemas controladas es uno más de los graves problemas estructurales que afectan el manejo sostenible de nuestros bosques y tierras productivas.

Desde hace más de una década que venimos soportando incendios de gran magnitud en esta época del año, sin que las autoridades hayan podido ponerle freno.

De tanto jugar con fuego, esos incendios tenían que convertirse, tarde o temprano, en el descomunal desastre que ahora hiere nuestra sensibilidad. Pero, ¿qué tendría que cambiar para que esto no vuelva a suceder? Todo, desde mi modesta perspectiva.

Los problemas estructurales saltan a la vista: no se respeta la verdadera vocación de la tierra; se permite y hasta se fomenta el asentamiento de comunidades enteras en áreas protegidas; la Función Económica-Social (FES) es arma de doble filo porque incentiva las actividades depredadoras; la agropecuaria privada tropieza con la degradación de los suelos y sus rendimientos son inferiores a los de países vecinos; el concepto de madera certificada (proveniente de bosques con manejo sostenible) quedó opacado frente a la tala indiscriminada; los desmontes ilegales siguen a la orden del día.

Todo esto hace que Bolivia esté entre los cinco países del mundo con mayor deforestación. El campeón mundial en esta infame categoría es Brasil, que supera al segundo con más del doble de las hectáreas deforestadas. Si pudiéramos imitar a Costa Rica, que es uno de los pocos países que conservan sus bosques.

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