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OPINIÓN

CARA A CARA

27/1/2020 03:00

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_Las grandes estrellas del deporte, a diferencia de otras celebridades, forman parte de nuestras vidas de una manera muy especial. Quizá porque siendo niños (y no tan niños) cambiamos nuestra identidad por la de ellos para jugar un partido con los amigos. En sus épocas de colegio, a mis hijos les encantaba el básquet, y no podía faltar el nombre de Kobe Bryant a la hora de conformar las alineaciones imaginarias. Cuando jugaba con ellos, yo adoptaba el nombre de Dwyane Wade o de Michael Jordan, aunque este último desentonaba un poco por una cuestión generacional. Lo cierto es que cuando muere uno de nuestros ídolos, no podemos evitar que se nos haga un nudo en la garganta. Ayer mis hijos y yo recordamos a Kobe Bryant con nostalgia y admiración. Volverá a la memoria cada vez que ensayemos una finta debajo del aro.

_Ahora hablemos de las celebridades del mundo político, aquellas que no entran en nuestra memoria de manera espontánea (¿por qué los niños nunca juegan a ser políticos?). Los recordamos porque cada uno de ellos nos machaca la idea de que es la única persona que puede salvar a todo un país del fracaso. Ninguno de ellos habla de articular un modelo que nos permita a todos jugar en el mismo equipo para salir adelante. Ni siquiera se pueden agrupar entre sí porque la desconfianza es demasiado grande o porque quieren acaparar todo el protagonismo (léase, poder). Seguiremos a la espera de líderes que dejen de lado el culto a la personalidad y que brillen solo por hacernos creer en nosotros mismos.