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Cara a cara

Pedro Rivero Jordán 13/5/2020 03:00

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La agonía y muerte de un privado de libertad en las mismísimas puertas de un nosocomio público de la ciudad y al que fue trasladado irremediablemente tarde desde la cárcel de Palmasola junto a otros internos igualmente afectados, ha sido estremecedora. No solamente fue víctima de la falta de atención médica oportuna. El infortunado hombre además padeció lo indecible por la desidia, la indiferencia y la mezquindad de nosotros, sus semejantes, que no pocas veces frente al drama nos encogemos de hombros o preferimos mirar hacia otro lado. También es para echarles en cara, la incapacidad y negligencia de gobernantes y de otras autoridades que, pese a compromisos reiterados, impidieron avanzar en la construcción de mejores centros de reclusión y en la reforma de un sistema penitenciario colapsado hace largo tiempo. Que ha convertido las cárceles en depósitos precarios, hacinados e insalubres de carne humana, en bombas de tiempo ya agotado. Un dato revelador: Palmasola se creó en 1989 con capacidad para 600 internos. Hoy, treinta y un años después, suman 7.000 y la superpoblación es de casi 1.000%.

La de referencia inicial es la más pavorosa imagen captada desde que el virus maldito del coronavirus se introdujo en Bolivia, donde el mal no puede ser contenido porque no se cuenta con los medios suficientes para lograrlo. Porque en este nuestro desventurado país jamás se tomó en cuenta que lo más importante es la salud y el bienestar de sus ciudadanos, cualquiera fuera su condición. Porque frente a la infección perturbadora, medidas como la cuarentena parecen superadas por la inconsciencia tomada de la mano de las necesidades imperiosas de gente en la búsqueda de su sustento diario. Que el buen Dios nos tenga bajo su amparo frente a la amenaza de un maligno desborde.