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Cara a cara

Pedro Rivero Jordán 7/6/2020 07:06

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Además del legado de mi querido viejo e inolvidable mentor y de la influencia de la buena escuela de EL DEBER y de mis compañeros de trinchera  en mi formación periodística, también he hecho acopio, a lo largo de años que no son pocos, de experiencias únicas y enriquecedoras en diversas circunstancias. En la mayoría de los casos, las asimilé de grandes maestros del oficio que, afortunadamente, tuve la oportunidad de conocer, escuchar o leer. A escala nacional, admiré la prédica y solidez de los principios y valores éticos que abanderaban figuras de la talla de Luis Ramiro Beltrán, Juan Javier Zeballos y Juan León que, además de transmitirme sus conocimientos con generosidad, por si fuera poco, me dispensaron abiertamente su amistad. Los tres dejaron huella indeleble en el periodismo boliviano.

“El periodismo es un servicio público que el periodista presta a través de la información”, le escuché decir en uno de los varios e imperdibles talleres que dictó en nuestro medio al colombiano Javier Darío Restrepo, un maestro de palabra pausada y profundamente reflexiva, de personalidad sencilla y afable que, impensadamente, se convertiría en asesor ‘ad-honorem’ y en fuente de consulta obligada de la Redacción, ante cualquier duda razonable sobre algún asunto noticioso peliagudo que se presentara. También recibimos con cierta frecuencia la visita del español Miguel Ángel Bastenier quien proclamaba que, donde mejor se aprende periodismo, es en la entraña misma de un diario, su Redacción. Y que un buen periodista debía tener ‘estómago de hierro’ para tomar distancia de los asuntos que informa. De la prédica de Javier Darío y Miguel Ángel el aprendizaje era fuente inagotable.

‘La caída de Bagdad’ es una monumental crónica en la que su autor Jon Lee Anderson “combina el heroísmo de quien escribe en situaciones extremas con la cuidadosa narrativa de un viajero que reserva cuartos en tres hoteles y depende de su intuición para dormir en el que no va a ser bombardeado…lo más extraño de J. L. Anderson es que nadie lo supera en el arte de dar bien las malas noticias”, comentó el escritor y periodista mexicano Juan Villoro sobre el cronista estadounidense y su obra. Leí el libro de Anderson antes de conocerlo personalmente como uno de los invitados especiales de la FIL de 2015 y de compartir luego en compañía del laureado escritor nicaragüense Sergio Ramírez, un agradable y entretenido viaje a nuestra Chiquitania.

Del mexicano Jorge Ramos, el de los encontronazos mediáticos con Donald Trump, Nicolás Maduro, López Obrador y otros gobernantes ensoberbecidos que olvidan su condición de servidores públicos, aprendí que un buen periodista está obligado a cuestionar al poder permanentemente y a reportar la realidad tal como es y no como quisiera que fuera. “Vivimos de la credibilidad, si la gente no te cree cuando hablas, de nada sirve tu trabajo…eso diferencia a un buen periodista de un influencer”. Decir siempre la verdad, cuestionar al poder y estar en las redes sociales son, según Ramos, condiciones sine qua non para que un periodista no se convierta en… un dinosaurio.