Opinión

Cara a cara

Pedro Rivero Jordán 26/7/2020 03:10

Escucha esta nota aquí

Santa Cruz sufre y llora porque ha perdido a uno de sus mejores hijos, Óscar Urenda Aguilera, el guerrero indómito y heroico que peleó palmo a palmo por la salud y por la vida contra un letal e invisible enemigo. Lo hizo con extraordinario coraje y firme determinación porque conscientemente arriesgó su propia existencia por la de sus semejantes cada vez que fue convocado. Sin tiempo ni lugar. Ahí estuvo él respondiendo al primer llamado sin esquivarle al bulto, a la responsabilidad. Ni siquiera fue excusa la falta de medios necesarios y suficientes en el siempre precario y deficiente sistema de salud boliviano, por el que también batalló para encarar una desigual batalla contra el mal.

Óscar tampoco midió sus propios riesgos como lo hiciera cuando se trasladó a una región hermana devastada por la mortal infección y que demandaba con urgencia de líderes confiables y profesionales idóneos como él. Apenas convalesciente del contagio que lo había alcanzado y cuando lo recomendable era guardar cuando menos algunos días de reposo en la calidez de su hogar, el formidable guerrero ya estaba en pie decidido a librar la próxima batalla.

Con el corazón desgarrado, el pueblo cruceño le ha dado una silenciosa y conmovedora despedida a su guerrero. A quien con su calidad humana, su trayectoria profesional, sus actos y logros, ha alcanzado la dimensión característica de una de las grandes figuras de la cruceñidad del nuevo tiempo.

Por eso el sentimiento de admiración, gratitud y reconocimiento que se manifiesta espontáneamente y por doquier en su memoria.

Adiós Oscar. Adiós guerrero enorme y valiente. Santa Cruz no olvidará nunca tu sacrificada y ejemplar entrega ni que ofrendaste tu vida por tu pueblo y por su gente.

En la gris y fría jornada invernal, los cruceños recibimos otro golpe devastador con la infausta noticia que nos dejó el alma congelada: La del fallecimiento del Dr. Roberto Tórrez Fernández bajo los efectos implacables del virus infame que combatió tenaz y valientemente. Como lo había hecho contra otros males para la salud, a lo largo de su dilatada y brillante carrera profesional médica, con una especialidad en epidemiología ampliamente reconocida. Poseedor de un gran bagaje de conocimientos que actualizaba de manera permanente, el Dr. Tórrez Fernández era considerado como uno de los mejores en su área en todo el país.

“Hombre sabio y sencillo que deja la vara alta en la salud pública” tituló EL DEBER en una de las notas relacionadas con el que fuera durante más de tres lustros encargado de la Unidad de Epidemiología del Sedes departamental. Su desaparición fue calificada como “terrible” porque puede pasar bastante tiempo hasta encontrar quién lo reemplace, equiparando su capacidad y entrega en la lucha contra las enfermedades transmisibles que se registran en la región cruceña.

En el consternado seno familiar, su hijo Carlos se refirió al legado de sacrificio y compromiso dejado por su progenitor del que, no hace mucho tiempo, conmovió una imagen suya en su domicilio particular, recostado y vencido por el sueño y la fatiga junto al periódico que no pudo terminar de leer. Y es que el Dr. Tórrez no tenía horarios para cumplir su rutina diaria a la que consagraba sus mayores reservas físicas y mentales.

Con los sensibles decesos de Óscar Urenda Aguilera y Roberto Tórrez Fernández, Santa Cruz y el país perdieron en cuestión de horas a dos auténticos guerreros por la vida y la salud de los bolivianos. El Dr. Joaquín Monasterio que conoció a ambos y que durante largo tiempo compartió responsabilidades y experiencias con ellos, pidió en un emotivo mensaje que su sacrificio no sea en vano. Será el mejor y mayor homenaje a la memoria de ambos guerreros, a su titánica lucha y a su legado imperecedero.