Opinión

Cara a cara

Pedro Rivero Jordán 26/12/2020 05:00

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En este último tiempo, cada mañana, extraño las llamadas telefónicas de Rosa, mi madre amada. Además de preguntarme cómo he pasado la noche o por sus nietos, lo hace para elogiar, a veces exagerando la nota, -como se lo hago saber-, mis escritos en esta columna. También echo de menos. conversar con ella, así sea de pasada, en el escritorio de su casa en Urbarí donde lee el periódico o hace sus anotaciones. O escucharla tocando ‘de oído’ en su piano, un pequeño y selecto repertorio. Hasta me hace falta oir sus rezongos por un casi obsesivo afán de mantener el orden y la limpieza en cada ambiente de su hogar o de la quinta Los Nietos donde los fines de semana pasa rigurosa ‘revista’ a sus plantas o para que todo esté en su sitio inmaculadamente.

 Otros encuentros entre ella y yo como el almuerzo de los viernes, el desayuno de fin de semana o la merienda al anochecer con sus horneados favoritos, han quedado en suspenso. También la recuerdo guapa, radiante y orgullosa la noche de la presentación de mi libro Una historia personal en el salón principal de El Deber que lleva su nombre y el de Pedro, su compañero de toda la vida. Me regaló un beso y un precioso ramo a nombre de la familia. Cuando habló, me sorprendió, como a la audiencia íntima, su breve pero encendido mensaje para que los cruceños sigamos avanzando sin detenernos ni rendirnos ante la adversidad.

Besar tu frente, tener tus manos entre las mías y tu bendición. Es lo que más me hace falta y necesito de vos, Mamá. Ahora y siempre. Te amo y extraño entrañablemente.

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