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OPINIÓN

Cara a Cara

Pedro Rivero Jordán 24/12/2021 04:00

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Estas festividades de Nochebuena, vísperas de Navidad, me transportan a los tiempos de mi niñez. Sencillos y felices. A media cuadra de la Plaza 24 de Septiembre, sobre la calle Ayacucho, cuando frecuentaba la enorme casona de dos pisos y tres patios, con aljibe al centro en el de entrada, que mi abuela materna Olga compartía con su parentela numerosa, solía asistir a la Misa de gallo en la Catedral. Junto a otros niños vecinos formaba un coro algo desorejado para entonar villancicos y que disimulaba el ruido de unos sonajeros hechos con nuestras propias manos. Con tapitas de gaseosas aplastadas, un agujero al centro y el alambre para sujetarlas. Y listo el ‘instrumento’ musical.

Poco antes, ya había dejado al pie del arbolito o arreglo navideño, bien lustrado, mi único buen par de zapatos. Vivía descalzo casi todo el día, aunque las calles de arenales ardientes quemaran las plantas de los pies. Con la mejor letra posible, le escribía al Niño Dios. Para que pudiera recibir el anhelado regalito en Navidad, le aseguraba al Divino que me había comportado bien todo el año, obedeciendo a mis padres y evitando disputas con mis hermanos o con el vecindario de mi edad. Aunque pedí perdón por el puñetazo a la cabeza dura de otro muchacho, pese a que me causó una luxación permanente en un nudillo de mi mano izquierda que, tras el golpe, se infló como una empanada. Fue por un frasco lleno de coloridas bolitas de cristal que, en largo tiempo, había atesorado en el juego para el que tenía buen ‘ticho’. No me lo podía dejar quitar…



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