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13 de mayo de 2022, 4:00 AM
13 de mayo de 2022, 4:00 AM

Bolivia es el país del bloqueo. No hay día del año en que no exista al menos una carretera donde cuatro vecinos cierren una ruta internacional u otros carguen promontorios de tierra sobre el asfalto o empujen pesadas piedras desde el cerro para desportillar el concreto, destruir y cerrar el paso. No importa el motivo: puede ser desde reclamar por un muerto hasta pedir el cambio de un subalcalde o exigir un rompemuelles. Todo vale en el país donde cada día se avanza un paso más hacia el despeñadero.

 El bloqueo es el fracaso de la gestión. Si alguien bloquea es porque alguna autoridad no hizo su trabajo. Pero también es el recurso fácil e irresponsable del habitante de la ciudad o el campo, que traslada su frustración a la calle o la carretera en la actitud de quien dice: “Si no me hacen caso, que se jodan también los demás, aunque no tengan nada que ver con mi problema”. Y lo peor es que el bloqueo parece no importarle a nadie, excepto a los afectados directos, y además solo cuando a ellos les toca. De nada sirve cuantificar los millones que el país pierde por cada día de bloqueo, ni mostrar el drama humano de pasajeros con bebés varados en el camino, ni mostrar la fruta podrida del productor pobre que llevaba su pequeña producción a venderla en el mercado de la ciudad. Nada sirve. Más fuerza tiene el “¡Cuándo carajo!, ¡Ahora carajo!”. Y así vivimos, bloqueados por los siglos de los siglos. Sin amén

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