OpiniónEL DEBER

Cara a cara

1 de agosto de 2022, 4:00 AM
1 de agosto de 2022, 4:00 AM

En Las Londras y en Guarayos reina la impunidad. La Policía y el Gobierno central actúan como si tuvieran una gruesa venda en los ojos. Se hacen los que no ven que hay un grupo armado que está avasallando tierras en varios predios agrícolas. En el caso de Pailitas ya van tres ataques a campesinos. El primero fue el más grave, pero los otros dos no dejan de ser preocupantes. En una actuación para las cámaras, el ministro de Gobierno envió decenas de vehículos y centenas de uniformados a fines de la semana pasada, dizque con el fin de que restablecer el orden. Fueron anunciando su partida, su avance y su llegada. ¿El resultado? Obvio por demás: no hallaron armas ni nada que pueda confirmar la versión de las víctimas. Después se marcharon y volvió la violencia. El INRA se lava las manos. Los campesinos ya advirtieron que pueden haber muertos. ¿Será que eso les importa a las autoridades? ¿O será que la protección a los encapuchados armados pesa más que la vida de las personas?

Bolivia empieza el mes de su efeméride con la herida reabierta y sangrante. Pasaron tres años desde 2019 y los gobernantes no han sido capaces de cerrar el abismo entre los habitantes. Lejos de hacerlo, se regodean atizando el fuego, abriendo más la zanja de confrontación y de rencor. Las miradas están cargadas de estereotipos de unos contra otros, mientras los que ganan son los políticos de mirada chata y cortoplacista, los corruptos, los contrabandistas, los narcotraficantes y todos los que cosechan en río revuelto

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