Una de las primeras cosas que aprendí en periodismo es que con la vida no se juega. No se puede afirmar que hay un fallecido en cualquier circunstancia, sea de epidemia, accidente de avión, carretero, de inseguridad ciudadana o de conflicto social, y después verse obligado a rectificar. Porque detrás de un fallecido hay una familia, un hijo, un padre que sufre. Y si se trata de fallecidos hay que estar cien por ciento seguros de que realmente es así.
Bajo la coyuntura dolorosa y lamentable que estamos viviendo de 30 días de bloqueo y 35 de conflictividad ha habido pérdida de vidas, la gran mayoría son víctimas inocentes que no tuvieron acceso a atención médica. Lamentablemente, la cifra exacta de fallecidos no es uniforme. Están los que confirma el Gobierno y por otro lado, está la cuenta del Defensor del Pueblo. El segundo tiene la cifra un tanto más abultada, con casos que siguen bajo investigación o que simplemente no tienen certificado de defunción.
Un recuento realizado por la Agencia Boliviana de Información, medio de comunicación estatal, ha publicado 13 fallecidos con nombres, fechas y circunstancias. Preferiría creerle al que reporte la menor cantidad de decesos… Pero la verdad siempre debe estar por encima y la verdad es que el cierre tozudo de vías camineras las ha convertido en carreteras de la muerte y deshumanización.
¿Cómo se puede explicar a una familia que no verá más a su niña en tratamiento de cáncer porque no logró llegar a tiempo a un hospital? ¿qué se le dice para consolar a una la viuda y a sus hijos porque el jefe de hogar no volverá a su casa porque se murió adentro de su camión aguardando a que se levante el bloqueo en La Paz?