Cada cuatro años sucede el mismo fenómeno: el planeta gira al ritmo de un balón y Santa Cruz, la región donde el fútbol es casi un estado de ánimo permanente, se convence de que dormir es un lujo y madrugar por un partido no cuenta como sacrificio. Pero el Mundial 2026 baja el telón y, de pronto, el silencio resulta sospechoso. Ya no habrá excusas para discutir en la oficina sobre un fuera de juego visto desde tres ángulos distintos, ni para jurar que aquel árbitro conspiró contra el equipo de nuestras simpatías, aunque juegue a diez mil kilómetros de distancia.
La resaca mundialista deja una sensación curiosa. Los bares vuelven a sus conversaciones habituales, los grupos de WhatsApp dejan de enviar alineaciones como si fueran asuntos de Estado y las camisetas de selecciones regresan al clóset, donde convivirán durante cuatro años con promesas de volver a usarse. Mientras tanto, el hincha deberá recordar que también existe el campeonato local, aunque el contraste sea tan brusco como pasar de un concierto sinfónico al parlante del vecino un domingo por la mañana.
Sin embargo, el Mundial tiene esa virtud irrepetible de recordarnos que el fútbol sigue siendo el idioma más universal y que, durante un mes, desconocidos celebran abrazados o sufren juntos como si hubieran nacido en el mismo barrio. Quedará una nostalgia difícil de disimular. Porque el reloj ya empezó otra cuenta regresiva. Habrá nuevas figuras, nuevas decepciones, nuevas ilusiones. Porque, aunque el torneo termine, el hincha nunca deja de esperar el próximo pitazo inicial. Y que entonces sea con Bolivia en cancha…