El catolicismo está en un momento desafiante, planteado hace tiempo en sus propios debates internos. Aferrarse a la tradición del dogma o profundizar la revolución y los cambios que se ven necesarios en la Iglesia. Francisco llegó como una brisa fresca, dejando la promesa de provocar una revolución interna. Durante su papado encontró fuerte resistencia de los más conservadores. De hecho, él mismo fue la antítesis de su antecesor Benedicto XVI. Ahora el voto de los cardenales dirimirá el futuro de una de las religiones más poderosas y con más seguidores en todo el planeta.
La fe es universal, pero en el Vaticano también se libra una discusión de poder. Hay varios temas pendientes por dirimir; por ejemplo, el rol de la mujer en el catolicismo, las denuncias contra sacerdotes que cometieron abusos, la necesidad de que los religiosos se acerquen más a los fieles, “que tengan olor a oveja”, como decía el extinto Francisco.
Tras el funeral, comenzará el Cónclave para elegir al nuevo papa. A puerta cerrada, 120 cardenales llegados desde todo el mundo tendrán esa responsabilidad, mientras millones de católicos esperan que salga el humo blanco que anuncie al elegido. El desafío es inmenso en tiempos de mucha información y de necesidad de profundizar en la espiritualidad, ese íntimo contacto entre el ser humano y la divinidad; más aún cuando hay muchas opciones para ese encuentro y cuando sube la cifra de quienes tienen una visión materialista y alejada de los “misterios de la fe”. Lo que se decida tendrá una repercusión global en un planeta donde la voz del papa pesa mucho.