Opinión

Carta a la que debiera ser gerente del Hospital de Niños

El Deber 20/6/2019 04:00

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Estimada doctora Santillán:

Le escribo estas letras dolidas porque acabo de saber que se cansó de poner orden y honestidad en el hospital de niños. En medio del mar de corrupción del sistema de salud boliviano, durante meses y meses usted cultivó honestidad y eficiencia en nuestro más tierno hospital. Nacía la esperanza, cuando supimos que se hartó de luchar en solitario y renunció.

Comprendo que en su casa hacen falta su sonrisa y su alma entera para crear un ambiente cálido y para construir en sus hijos personalidades sanas y alegres, pero ¿por qué no les pedimos a su esposo y a sus hijos que inviertan un poco de su mejor tesoro, que es su esposa y su madre, para tener también ellos el orgullo de haber hecho posible en Santa Cruz un rincón que regale salud, vida y alegría a los hijos de todos los cruceños?

Comprendo que su profesión y su vocación no son de guerrera ni de cascarrabias. Los médicos pueden tener coraje para enfrentarse a la muerte, pero no necesariamente están hechos para vivir en permanente enfrentamiento contra la sociedad y sus estructuras. Necesitarían el apoyo comprometido de los valientes, de los limpios, de los periodistas, de las autoridades, de todos. Porque para culminar la tarea que usted empezó no basta la determinación personal. Muchos no comprendimos las heridas de guerra que usted sufría y nuestro apoyo no fue combativo. En la Gobernación y en el Ministerio de Salud no vieron que la guerra que los corruptos le plantearon a usted era la guerra que debían haber asumido ellos como propia, para lograr la calidad del servicio que tienen la responsabilidad de ofrecer.

Comprendo su desánimo cuando se encontró con un Ministerio de Trabajo cobarde y cómplice, que permite que se utilice el fuero sindical para encubrir delincuentes. Como su Gobierno, no entienden cuál es el servicio que prometieron ni el cambio que se quedó en palabras. No saben que la patria hay que recuperarla de manos de los ladrones y vividores que se apoderaron de ella, del poder y de sus servicios.

Comprendo, doctora, que se harte del teatro de los que dicen que defienden al pueblo, pero bostezan. Reconozco que no corrimos todos a respaldarla cuando usted descubrió medicinas y equipos escondidos en todos los rincones, cuando nos dio pie para que comprendamos el ovillo de servicios cobrados y de insumos vendidos clandestinamente. Sus descubrimientos nos permitieron vislumbrar la maraña de intereses mezquinos, de latrocinio, de mediocridad, hasta de pereza, de nuestros hospitales. Ellos le hicieron la guerra. Dicen que los discrimina porque puso usted limitaciones que impiden robar.

No acepto que los que sirven, los inteligentes, los honestos, los que tienen coraje, dejen el campo libre a los ladrones, a los vividores, a los corruptos. No acepto que los jóvenes que asumen su responsabilidad de conducir la patria, tengan que apartarse porque se encuentran sin el poder, el apoyo y las armas que necesitan para lograrlo.

Lo comprendo todo, pero yo hubiera preferido la locura de Don Quijote que creyó sin límite en la fuerza de su ideal. En medio de la burla de todos, él continuó su lucha hasta el final porque se sabía responsable de la humanidad.