Opinión

Carta de un joven desesperado

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7 de julio de 2017, 4:00 AM
7 de julio de 2017, 4:00 AM

Queridos padres:

Ayer me titulé de arquitecto, con las mejores notas de la U. No hice copie, como otras veces, porque ahora soy un profesional responsable. No soy como algunos jueces que mandan a la cárcel a gente inocente, lo que equivaldría a que construya un edificio que luego se desplome. No, ¡qué va! Una vida entre rejas no se paga con nada, aunque en este caso, tendrán que rodar doctas cabezas, pero ese no es el problema.

Lo que quería es agradecerles por la sorpresa que me dieron; ¡regalarme una amplia vagoneta cero kilómetro que es un avión! Padres pudientes y mil veces amados. Yo, que en tantos años he ido a la U en micro o en bicicleta, encontrarme con semejante obsequio parqueado en la puerta de casa; casi me provoca un patatús! 

Espero que ustedes no se infarten porque quiero devolverles la vagoneta y pedirles que me la cambien por una bici nueva, con parrilla atrás porque ya tengo corteja y sillita delantera porque voy a ser papá soltero. Lo funcional sería un helicóptero, pero he averiguado precios y están caritos.

Lo que pasa es que yo necesito un vehículo, no solo ecológico, sino que me sirva para trabajar. Que pueda trasladarme rápido de un lugar a otro, pero en nuestra ciudad eso ya es imposible. Me acuerdo que cuando era pelao, mi abuelito me llevaba a dar vueltas a la plaza, pa’ mirar peladas en su wilis. Hoy evito la plaza. No sé si siguen los pericos sobre la cabeza de Warnes. ¡Entras por el centro y te asfixias!  

Ahora la ciudad es como el jean que tenía cuando salí bachiller. Me quedó pequeño. No entra ni con vaselina y eso pasa con el parque automotor porque de parque pasó a ser un bosque salvaje sin control, que nos envenena el aire y el espíritu.

El que maneja te insulta, el peatón te quiere tirar una pedrada y entre conductores se mandan al demonio, porque el estrés es muy grande. Los embotellamientos son criminales. Va a llegar el día en que un micro se suba a los autos que esperan que cambie la luz del semáforo o que veamos automóviles de todo tipo transitando sobre el techo de las casas.

Parece una exageración para reírse, pero es una realidad  para llorar.

Gracias papis, pero un auto más en la ciudad ya no entra. 

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