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“La casa de Lúculo”

Jueves, 18 de junio de 2026 a las 05:00

Si no me equivoco era Vargas Llosa quien decía que llegaba un tiempo en que las personas mayores volvían a releer los libros que habían leído en años lejanos, algunos de los que poco recordaban, pero que volver sobre sus páginas provocaban el mismo placer de antaño.

Yo he dejado de estar al día con los nuevos autores –nacionales y extranjeros– porque estoy leyendo menos. La vista no ayuda a cierta edad, ni los temas y las formas que atraen poco. Entonces, volver a los viejos textos causa gozo, aunque pareciera delirante, disparatado, que, en vez de leer lo nuevo cuando no queda mucha vida por delante, se vuelva al pasado.

Entre varios libros he vuelto a leer “La Iliada”, traducida del griego antiguo por mi admirado amigo Mario Frías Infante, lo que me ha llevado meses, porque lo fui disfrutando de a momentos; lo fui devorando poco a poco. Ya había hecho lo mismo con “El Conde de Montecristo”. Ahora tengo encima de mi velador a “Don Quixote de la Mancha”, pero con una letra diminuta, por lo que demoraré un año en releerlo, si lo hago bien. Y en estos días apestosos, cuando irrita ver la televisión y leer los periódicos, he ahí que me he encontré con “La casa de Lúculo”, del español Julio Camba. Lo releí de un tirón o dos tirones.

El libro, cuyo título completo es “La casa de Lúculo o el arte de comer”, lo hice empastar hace años y por eso está en muy buen estado, aunque es una edición argentina de Espasa-Calpe de 1943, habiendo sido escrito en 1929. Su autor, Julio Camba, fue un periodista y escritor, que, en sus inicios, militó abiertamente en el anarquismo, pero que luego se inclinó hacia el franquismo, con notables artículos de política y de humor y diversos libros que lo hicieron muy conocido en España.

“La casa de Lúculo” era una biblia del buen comer y beber. Para algunos, un libro sagrado de la buena mesa.  Se refiere a la gastronomía francesa, “la mejor cocina del mundo”, según sus palabras. Y luego a la deliciosa cocina italiana y a la alemana que dice graciosamente que ha sido una gastronomía calumniada por los franceses. Aconseja el buey y el carnero ingleses, sin hacerle mayores homenajes a sus acompañamientos. De la cocina norteamericana no quiere opinar, porque afirma: “¿Qué clase de cocina quieren ustedes que tenga un pueblo sometido a la ley seca?”. Dice que, en algunas regiones de Francia, cuando se quiere agasajar a un invitado, primero se elige el mejor de los vinos que se tiene en la bodega para luego preparar el menú “con arreglo al tipo de esos vinos”. Se refiere a la cocina china como “la más exquisita y la más civilizada del mundo”. Habla de las “ancas de batracio”, de los insectos, de los adobos, del arte que practican en la cocina, porque los chinos son muy viejos y lo saben todo.

Critica a la cocina española por el abuso excesivo que se hace del ajo, en lo que coincido plenamente con don Julio. Afirma que el uso del ajo en esas tierras es una preocupación religiosa o una superstición. Dice que el ajo sirve lo mismo para espantar brujas que para espantar extranjeros. Que en la comida aderezada con ajo todo sabe a ajo y eso sirve para dar de comer gato por liebre, porque a la mala cocina se la quiere disimular cauterizando el paladar de los españoles. Y que todo el Mediterráneo trasciende a ajos, a ese “bulbo liliáceo” que produce tan desagradable aliento. Sin embargo, ensalza los estofados, la paella, la fabada y las delicias del mar, que hoy son parte importante para alegrar las papilas de tantos europeos, americanos y asiáticos que visitan la Península.

Este magnífico sibarita complementa la buena mesa refiriéndose a las delicias que se pueden hacer con los pescados y mariscos y al caviar, quesos, trufas y otras maravillas. Pero no puede dejar de lado mencionar los vinos, que, por aquellos años que escribió, los catalogaba así a los de primera categoría: Laffite, La Tour, Margaux y Haut-Brion. Y hace una relación de calidad y año de cosecha de los vinos de Burdeos y de Borgoña, que, un siglo después, no han variado en Francia, lo que señala que don Julio Camba estaba en lo cierto con sus apreciaciones.

Un siglo después el autor habría tomado en cuenta cocinas como la peruana, mexicana, japonesa y otras. En cuanto a la comida boliviana se hubiera encantado con las innovaciones que se han hecho de los platos tradicionales que venían desde el virreinato y habría gozado con nuestros guisos, arroces, picantes y carnes. 

(*) Manfredo Kempff Suárez es escritor

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