Opinión

Cautivos

26/9/2020 05:00

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Jorge Yul Dorado

Nuestros antepasados, nuestros bisabuelos y abuelos chiquitanos, siempre realizaron la quema de sus chacos, de sus pampas y praderas. La selva es y será siempre su morada, elementos como el fuego, el agua, el aire, su lenguaje, sus usos y costumbres, su fe y su tierra que salpican de sudor todos los días, junto a la infinidad de seres vivos del inmenso Bosque Seco Chiquitano son parte esencial de su existencia, forman parte de su vida, y configuran su íntimo paisaje milenario. Los hombres que habitan estas tierras, lo hacen desde la perspectiva de la convivencia pacífica con la naturaleza, de la observación continua y permanente; su experiencia, su cosmovisión, son sus preciados tesoros, que con el devenir del tiempo se han convertido en sus saberes ancestrales, saberes que son revelados en sus rostros, en la intensa y profunda mirada de sus ojos, en su misterioso silencio y en su inalterable paciencia. Hombres sabios, humildes, alegres, aman a Dios por sobre todas las cosas, a su familia, a su trabajo, a la naturaleza. Siempre hay una fecha especial marcada en su memoria, un recuerdo inolvidable, como todo en este mundo, todo tiene su tiempo, su destino, un momento trascendente, desde el cual dan inicio a la labor más importante de sus vidas: La Agricultura.

El arduo trabajo de chaqueo y el posterior proceso para producir su alimento, lo realizan entre los meses de mayo y junio de cada año y en un área especial del monte elegido para tal fin; el valiente guerrero chiquitano, da inicio a la faena del Chaqueo, la cual consiste en el desmonte, corte y picado de la madera, actividad que casi siempre finaliza, dependiendo de la superficie trabajada a fines del mes de junio; hacen muy bien su trabajo, a pesar que utilizan precarias herramientas, luego viene un tiempo de espera, donde los implacables días soleados de los meses de julio y agosto se encargan de convertir el chaqueado en un gigantesco depósito de leña seca.

Así, pacientemente llega el día 31 de agosto, fecha para el inicio de la quema, el ritual del fuego, sagrada costumbre practicada por todos los miembros de la familia chiquitana, y que siempre realizan, después que el monte recibe una copiosa y refrescante lluvia, cuando la selva cobra vida, está esbelta; primero hacen el contra fuego, procedimiento que consiste en arder fuego en contra del viento para hacer callejones en el interior del chaco, así quemaban, es la combinación perfecta de tres elementos de la naturaleza, agua, fuego y viento, obviamente que hacer esto, requiere más trabajo, esfuerzo y sacrificio, pero es la forma más segura, no hay peligro, y finalmente el hombre chiquitano lleno de júbilo, deposita la semilla en las entrañas de la tierra, para asegurar la producción de su alimento. Es su tierra, es muy simple, y así debiera serlo ahora, si tan solo respetásemos los ciclos y los elementos naturales de la vida y de la selva.

Pero no, hoy nuestra gran chiquitania se encuentra herida, no se puede describir, no hay palabras, no hay límites, se la ama o se la odia, es perfecta para muchos y deforme para otros, es como la vida misma, impenetrable, bravía, guardadora de secretos misteriosos, tan buena y tan perversa como sus frutos y espinas; es y siempre será bella.

Es tan bella, que hoy, igual que ayer, después del holocausto que ha sufrido, mil colores de cenizas la engalanan y se confunden con el lastimero concierto de grillos, cigarras y mosquitos que jamás será acallado, con el grito desgarrador del hombre chiquitano que, sin rencores, marca el rumbo de las bestias salvajes que, marchan cansadas y sin prisa en busca de agua, de alimento, de otros bosques, de la bendita lluvia; es una búsqueda desesperada por la lluvia, que algún día llegará, tal vez después de seis o siete largos meses, y al fin contemplaremos el milagro de la lluvia, la lluvia es algo hermoso, algo divino, algo tan simple y tan profundo; son como lagrimas del cielo que llegan con la penumbra de la noche, son las cristalinas y frías gotas de agua que ruidosa y acompasadamente bañan tejados y cornisas, bosques y praderas, para que se renueve el ciclo de la vida, es la esencia pura que hace reverdecer continuamente las esperanzas de los hombres; es la refrescante lluvia, la que calma la sed de los mortales y corrige la desbordante soberbia con que se cubre el ser humano, navegando perdido, sin rumbo y sin destino en la inmensidad salada de los mares.

Ah, pero las miserias humanas no dan tregua, somos tan pequeños que mientras se apaga la vida en nuestra selva, perdemos el valioso tiempo en vanidades, en preocupamos primero de nosotros mismos, en nuestro vulgar y miserable ego; nos volvemos diligentes eso sí, para echarle la culpa a los demás, mientras que, para tomar decisiones, aunque sean las más simples, se debe reunir el gabinete, la asamblea; las soluciones a los problemas de la gente se ejecutan por cansancio, con pereza, y si las hace el otro es aún mejor.

Pero aquí, hay culpables, sí que los hay, son los malos Gobiernos, es la burocracia corrupta e ineficiente, son los políticos, su arrogancia desmedida, su falso carisma, su entono y su endiosamiento prematuro, y es por sobre todas las cosas, su grosera ignorancia lo que nos esta llevado a la hecatombe, son también las hordas que llegan por encargo, mandados a sembrar la discordia y a depredar los bosques y praderas de nuestra bella y gran chiquitania. Por eso ante la fragua ardiente y las cenizas en que han convertido nuestros bosques, el rugir del imponente jaguar se deja oír, al salir despavorido y sin rumbo de la selva devorada por las llamas, de su eterna guarida a la que con seguridad debe volver, porque ahí guarda sus recuerdos más hermosos.

Y volverá, claro que sí, porque no está derrotado, como volvió el año pasado; volverá, una y otra vez, cual ave fénix renaciendo de sus cenizas, para decirle basta a la impostura. Hoy, cuando nuestra Gran Chiquitania nuevamente se desangra consumida por las llamas, los valientes hijos de esta tierra bendita y generosa, en una defensa intransigente por la vida, les decimos a las piedras llegadas de occidente que se acabó la impunidad, que esta casa se respeta, que jamás permitiremos que avasallen y que incendien nuestros bosques otra vez, ni que mancillen nuestros saberes ancestrales.