6 de enero de 2022, 4:00 AM
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Manfredo Kempff Mercado nació en Santa Cruz de la Sierra el 8 de enero de 1922, hace un siglo. Por entonces, Santa Cruz era un pueblo de no más de 30 mil habitantes, seguramente, sin agua ni luz, de calles polvorientas unos meses y convertidas en charcos, otros. Era una villa pobre y tranquila, de taperas chatas techadas con tejas las casas centrales y cubiertas de motacú y paredes de barro y chuchío a tres cuadras de la plaza de armas, que ya eran las afueras, los extramuros. Pueblo entonces de aceras altas, enladrilladas, transitadas por personas descalzas en su mayoría o señores con traje de lino blanco; hombres a caballo y carretones tirados por lentas yuntas de bueyes obedeciendo al carretero que caminaba junto a las bestias látigo en mano.

Vio la primera luz en la casona de su abuelo el galeno Dr. Nemesio Mercado, frente a la plaza, donde alguna vez funcionó el Club Social y el hotel Austro-Plaza. Hijo del médico germano Francisco Kempff y de la señora Luisa Mercado. Su padre había nacido en la Alsacia-Lorena en 1879, cuando esas provincias pertenecían al Imperio Alemán, y se graduó en la universidad de Estrasburgo, para llegar a Santa Cruz alrededor de 1912 o 13. Su madre era nieta del filántropo don José Mercado Aguado y bisnieta del coronel José Manuel Mercado, el “Colorao”, lugarteniente de Warnes, feroz combatiente en las batallas de Florida y El Pari, y antes, con Belgrano, en los combates de Tucumán y Salta. Mercado fue el primer gobernador de Santa Cruz liberada, aunque brevemente.

Mi padre tuvo tres hermanos varones y una hermana. Todos destacados en cada una de sus actividades. Rolando, el mayor, economista que trabajó en YPFB, y que fue, además, presidente del Banco Minero, Contralor General de la República y embajador en Ecuador; Enrique, poeta, narrador y diplomático, fue, sin duda, uno de los mejores novelistas del siglo pasado cruceño; Noel, naturalista, infatigable explorador, creador del Zoológico y el Botánico de la ciudad, amante de las aves y de las flores, falleció trágicamente a manos de narcotraficantes; Nena, mi tía querida, inteligente y divertida, vivió muchos años al cuidado de su madre.

Manfredo Kempff estudió, como casi todos los muchachos de su época, en el colegio Nacional Florida, de donde egresó como bachiller. Muy pronto obtuvo su título de abogado en la universidad cruceña y como cultor del pensamiento, amante de la filosofía, casado ya con Justita Suárez Montero, mi madre, se trasladó a La Paz, donde en su universidad se había creado una Facultad de Filosofía y Letras. Allí fue un destacado profesor y se relacionó con filósofos de la talla de Roberto Prudencio, Augusto Pescador y, epistolarmente, con Guillermo Francovich. De esa época data su primer trabajo: “Vida y Obra de Mamerto Oyola”.

Fue elegido diputado por Santa Cruz en las elecciones de 1951 pero no ejerció el mandato porque una Junta Militar se hizo cargo del gobierno. Designado Representante Permanente de Bolivia ante la UNESCO en París, tampoco se hizo cargo de sus funciones debido a que se produjo la revolución del MNR, partido al cual era adverso. Detenido brevemente en el panóptico de La Paz, salió exilado a Brasil donde retornó a la docencia dictando cursos en la Universidad de San Pablo.

En 1955 se trasladó a Santiago de Chile, donde en su Facultad de Filosofía enseñó durante nueve años. En esa etapa publica su “Historia de la Filosofía en Latinoamérica” e “Introducción a la Antropología Filosófica”. En 1965 publicaría en Venezuela “¿Cuándo Valen los Valores?”. Luego, en Chile nuevamente, “Filosofía del Amor”, su última obra. Mantuvo una amistad personal y una nutrida correspondencia con filósofos de la talla de Francisco Romero, Risieri Frondizi, Francisco Miró Quesada, Leopoldo Zea y otros más, con quienes hizo amistad en los distintos congresos de filosofía a los que asistió.

Los años de exilio fueron muy duros, como lo son para todos los perseguidos políticos. Sin embargo, mi padre, con su carácter optimista, afable, lleno de humor, querido por sus colegas chilenos, llevó una vida modesta y sin lamentos, acorde con su espíritu firme. Siempre esperando el retorno a la patria, recibió el invalorable respaldo de su amada esposa, Justita, que lo colaboró en todo lo que le fue posible, con gran decisión y sacrificio. Y nos educó a mis hermanos Julio y Mario, y a mí, en la mejor forma que las circunstancias le permitieron.

Regresó a Bolivia un año después del esperado derrumbe del MNR. Tras lanzarse a una nueva “aventura política”, como él mismo llamaba, fue elegido senador por Santa Cruz y luego presidente del Senado. Le correspondió trabajar activamente, junto a brillantes colegas de ese parlamento, en la redacción de la Constitución de 1967, de larga vida y tan superior a la actual. Un nuevo golpe militar acabó con el Congreso y con la democracia. Retornó a Santa Cruz, donde fue docente en la Universidad Gabriel René Moreno, hasta que lo sorprendió la muerte en noviembre de 1974 a sus 52 años. Antes, en mérito a sus conocimientos lingüísticos, había sido honrado como miembro de la Academia Boliviana de la Lengua, Correspondiente de la Real Academia Española.

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