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“Cincuenta que cuentan”… y un poco más

Martes, 04 de febrero de 2025 a las 20:11

Terminé de leer “Cincuenta que cuentan” de Pedro Rivero Jordán, justo cuando el viento agitaba mis ventanas y empujaba la lluvia contra los vidrios haciéndolos llorar. No eran mis sentimientos, por supuesto. Cerré el libro sonriendo, satisfecho de haber imaginado, mientras leía, toda la trama cronológica de una persona y un pueblo que crecieron juntos; aunque después, al final, se separaron, al desarrollarse el monstruoso crecimiento urbano y tecnológico regional, símbolo de la pujanza, esfuerzo y sacrificio social.    

Al cerrar las páginas del libro, me acordé de la época cuando mi padre (QEPD) advirtió que mi hermano menor y yo garrapateábamos unas páginas tratando de escribir. Mirándonos, sin hablar, fue hasta la habitación donde tenía sus libros y extrayendo uno, se acercó a nosotros y nos dijo “¿están escribiendo? Eso es bueno, pero tengan en mente que lo difícil no es escribir, lo difícil es escribir en fácil” y diciendo esto, nos alcanzó el libro que había traído de su biblioteca, era “Platero y yo” de Juan Ramón Jiménez, “Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Solo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos esca-rabajos de cristal negro.” ¡Caramba! ¿cómo se podía escribir así?

Y no es que quiera comparar la personalidad de Juan Ramón Jiménez con la de Pedro Rivero, es solo que encuentro similitudes exquisitas en aquello que mi querido padre llamaba “escribir en fácil”, y que no es nada fácil. Pedro Rivero dice, por ejemplo, en una frase que es también cuasi macondiana “El teléfono era toda una extravagancia y, por eso, las comunicaciones entre familiares y vecinos se realizaban “puerta a puerta” y la tertulia bajo los aleros cordiales era un hábito agradable, especialmente entre los mayores, al caer la tarde y hasta bien entrada la noche.”

Y más allá de la obra literaria, está también, contenida en los pasajes biográficos, el aporte histórico del periodismo boliviano que se dio en esta región del país. Así, uno se entera que, en el casco viejo de la ciudad, tenía sus oficinas el periódico “El progreso”, fundado por René Bilbao, un compatriota cochabambino, donde Pedro Rivero empezó a saborear lo que era el periodismo y que después marcaría su vida.

En el libro, el relato cronológico del periodismo refleja también el lento (y caro) progreso de la fotografía que toca no solo a la prensa escrita, sino también a la sociedad en su conjunto “Las fotografías eran bastante pobres porque las cámaras no eran las apropiadas. Sin lentes para cercarlas o ampliarlas, las imágenes resultaban de escaso impacto y las únicas, más o menos aceptables, mostraban a los deportistas en pose permanentemente inmóvil.” refiriéndose a que era el tiempo donde había que “posar” para la foto.

Sus inicios en “El deber” comenzaron en 1973, primero como reportero de noticias, luego como redactor de deportes donde ejerció veinte largos años, interviniendo, además en otras secciones del periódico. Mientras trabajaba, estudió derecho, graduándose con nota sobresaliente, aunque nunca ejerció. Pesaba en su alma, mucho más, el periodismo.

“La radio me atrajo siempre”, dice Pedro Rivero. Y allá es donde disfrutó de la profesión que lo apasiona. El recorrido de la carrera en busca de noticias, lo llevó a San Matías, aquel rincón boliviano perdido en la selva y donde la frontera parece no tener límites, no solo físicos y geográficos si no también éticos y especialmente jurídicos. Allí donde el Estado –cuesta decirlo- no tiene presencia. Lo avatares periodísticos lo enfrentaron a la mafia fronteriza a la que mostró el temple de los que no conocen el miedo. Su carrera también lo llevó a ser parte de una de las “logias” cruceñas que lo cubrieron de desencanto y decepción, dejándola más temprano que tarde. Y, en este país, donde se hace muy poco periodismo de investigación, él incursionó en ese tema tan difícil pero que despierta amistades y enemistades. Desarrolló su carrera defendiendo su amada Santa Cruz, luchando contra los gobiernos dictatoriales y colaborando al despertar de la democracia en el país. Todo lo absorbido iba formando y reforzando su personalidad, como el mismo dice “hecho a machete”, lo que le valió pelear desde la trinchera del periodismo.

No era, sin embargo, una trinchera inmóvil, ni él era de los que se conforman con lo hecho. Su relacionamiento nacional e internacional alimentaban la esponja de aprendizaje y actualización continua que formaban parte de su crecimiento constante. Fue vicepresidente regional de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) y como tal asumió la defensa de nuestro país y del periodismo.

Como periodista, también le tocó vivir y atravesar los avatares políticos propios de Bolivia. O las vicisitudes que pasamos todos durante la pandemia del COVID y que se dieron de manera superlativa en el ámbito del trabajo de prensa.

Si hay algo, sin embargo, que se nota sobremanera en el relato de su cuasi biografía, es su cariño y devoción a “El deber”, hoy por hoy, el mayor periódico del país. En “El deber” transcurre gran parte de su profesionalismo hasta alcanzar la académica tarea de formación de los jóvenes, en conjunción con una universidad privada, sellando un destino que se reproduce en los nuevos periodistas formados por la mano de quien sabe lo que se debe enseñar y hacer.

Hay mucho más por decir. Hay mucho más que se puede extraer de una lectura exquisita. Sobre todo, muchísima información que servirá inclusive para documentos históricos. Y así, claro, cincuenta cuentan…¡y de qué manera!                 
       

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