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Desgraciadamente muchos creen que seremos ciudad de primer mundo porque crecemos con altas tasas demográficas, o porque tenemos urbanizaciones cerradas con lagunas artificiales y campos de golf, o porque cambiamos pavimento para los “beretés”, o porque construimos muchas torres “exclusivas”. Sin embargo, todo eso es hoy muy común sobre todo y justamente en países subdesarrollados. Parece que el verdadero desarrollo urbano es otra cosa, que no logramos aferrar.

Estuve en un pequeño municipio del norte de Italia: Para empezar, en las calles no hay ni siquiera el papel de un caramelo: absolutamente nada. Y no porque la empresa de limpieza sea tan perfeccionista, sino porque a sus habitantes ni se les ocurre botar nada en la calle. Si no hay basurero, simplemente se guardan su papel en el bolsillo.

Las veredas son todas iguales, a cargo del municipio, del mismo ancho y del mismo diseño, junto a sus ciclovías. Gran parte de los ciudadanos, aún ancianos, se transportan en bicicleta para viajes cortos.

La basura doméstica es seleccionada en la casa en cuatro categorías, en cajas especiales de distinto color. Cada tipo de residuo es recogido en distintos días y por distintos camiones, y nadie se chipa. Así el trabajo de reciclaje y de tratamiento final está ya hecho por los ciudadanos. ¿Por qué no estamos haciendo eso en Santa Cruz? Hay municipios que les va tan bien con el sistema que están comprando basura a los que aún les sobra.

El transporte público se realiza en buses a gas, con plataforma de 17 centímetros, o sea a nivel de acera, y que tienen su tablero con el horario exacto de pasada en cada parada…y no le pelan. El boleto dura una hora, por tanto, uno puede tomar varias líneas para combinar su viaje. No necesita nunca comprar dos boletos para llegar a su destino.

Ya se nota la mezcla racial: junto a los italianos se ven árabes, latinoamericanos y africanos, en el esfuerzo conjunto de conformar una sociedad realmente multiétnica y multicultural.

El Estado financia a quienes ponen paneles solares en su casa para producir su propia energía, y el préstamo se paga con la energía que el ciudadano incorpora a la red, luego de utilizar la que necesita para su vivienda; es decir, el Estado compra su excedente y con esos recursos se paga el crédito.

Son pequeñas cosas, ejemplos simples, pero con los que quiero demostrar que cuando la gestión de una ciudad se apoya en los ciudadanos debidamente capacitados para ser tales, los problemas se resuelven racionalmente, sin necesidad de slogans ni propaganda, y todos se sienten responsables y ganadores, porque el esfuerzo ha sido de todos, no de un caudillo o un héroe y su entorno, que en sus planes no toman en cuenta al ciudadano.

Entonces resulta que ciudad de primer mundo no es aquella que tiene mucho hormigón, sino aquella en la que gestión municipal y ciudadanos trabajan juntos, con acciones simples pero compartidas, para que los días de ese territorio sean mejores. Hay confianza recíproca. Es tan simple, pero hay quienes no quieren entenderlo.