Hay momentos en la historia de una ciudad que trascienden cualquier obra, cualquier administración y cualquier coyuntura. Son momentos en los que una generación recibe el privilegio y también la responsabilidad de decidir el rumbo que seguirán quienes todavía no han nacido.
Santa Cruz está viviendo uno de esos momentos. Hoy el debate gira en torno al Código Urbano, el Plan de Ordenamiento Territorial, la movilidad, la infraestructura y el crecimiento. Todos son temas fundamentales. Sin embargo, detrás de cada uno existe una pregunta mucho más importante: ¿qué ciudad queremos que hereden nuestros hijos y nuestros nietos?
Hace cincuenta años, una generación respondió esa pregunta con valentía. Cuando Santa Cruz aún era una ciudad intermedia, imaginó una metrópoli. No diseñó únicamente avenidas o unidades vecinales; diseñó una visión de ciudad que permitió convertirla en el principal motor económico de Bolivia.
Ese fue su verdadero legado.Quizás el mejor homenaje que podemos rendirles no sea conservar intactas sus decisiones, sino demostrar el mismo coraje para pensar en los próximos cincuenta años. Porque las ciudades extraordinarias no nacen de la nostalgia, sino de la capacidad de imaginar el futuro.
Hoy Santa Cruz tiene una oportunidad poco común: reconstruir, al mismo tiempo, su confianza y su visión de largo plazo. Se percibe una mayor disposición al diálogo entre instituciones, profesionales, empresarios y ciudadanos. Después de años marcados por la desconfianza, vuelve a aparecer un recurso indispensable para cualquier transformación: la esperanza. Pero la esperanza, por sí sola, no cambia una ciudad. Lo que realmente la transforma son las decisiones que una sociedad toma a partir de ella.
Las grandes ciudades no se construyen únicamente con presupuesto, normas o inversión privada. Se construyen cuando una comunidad comparte una misma ambición y decide que la excelencia dejará de ser una excepción para convertirse en una cultura.
Santa Cruz ha demostrado una extraordinaria capacidad para crecer. Su desarrollo ha sido impulsado por miles de personas que decidieron emprender, invertir y generar oportunidades incluso en momentos difíciles. Ese espíritu explica buena parte de la ciudad que hoy conocemos. Sin embargo, el desafío actual ya no consiste solamente en seguir creciendo. Consiste en crecer mejor.
Crecer mejor significa que cada intervención responda a una visión compartida de ciudad. Que una plaza no sea únicamente un espacio libre, sino un lugar donde las familias quieran encontrarse. Que una avenida no solo resuelva el tráfico de hoy, sino que conecte oportunidades para las próximas décadas. Que una acera digna exprese respeto por el peatón. Que cada árbol plantado represente una inversión en la calidad de vida de quienes todavía no conocemos.
Porque las ciudades también educan. Educan cuando el espacio público invita al encuentro, cuando una obra transmite calidad, cuando las instituciones generan confianza, cuando la arquitectura demuestra que es posible construir con sensibilidad, responsabilidad y visión.
Cada espacio urbano comunica silenciosamente cuáles son los valores de la sociedad que lo creó. Por eso, la calidad urbana nunca ha sido un lujo. Es una expresión de cultura y también de liderazgo.
Las ciudades más admiradas del mundo no alcanzaron ese reconocimiento por casualidad. Lo hicieron porque entendieron que cada proyecto, por pequeño que pareciera, era una oportunidad para construir identidad y mejorar la vida de las personas.
Santa Cruz posee condiciones excepcionales para lograrlo. Tiene una economía dinámica, una población joven, una cultura emprendedora y una capacidad de crecimiento que muchas ciudades del mundo ya perdieron. Mientras otras destinan enormes recursos a corregir errores del pasado, nosotros todavía tenemos la oportunidad de evitarlos.
Todavía podemos decidir cómo crecerán nuestros barrios, cómo funcionará el transporte, cómo protegeremos nuestros espacios naturales, cómo incorporaremos la tecnología y cómo construiremos un espacio público que fortalezca la convivencia y el sentido de pertenencia.
Pero esa visión no puede depender únicamente del gobierno municipal. Debe convertirse en un propósito compartido por universidades, colegios profesionales, empresarios, urbanistas, ingenieros, ambientalistas, artistas, emprendedores y ciudadanos.
Dentro de cincuenta años nadie recordará los artículos de un código urbano. Lo que permanecerá serán las calles por las que caminarán nuestros nietos, las plazas donde jugarán nuestros hijos, la confianza que habremos construido entre ciudadanos e instituciones y la calidad de los espacios que decidimos dejar como herencia.Ese será nuestro verdadero legado.
Porque las ciudades extraordinarias no nacen cuando se inaugura una gran obra. Nacen cuando una sociedad decide que hacer las cosas extraordinariamente bien dejará de ser una aspiración para convertirse en una costumbre.
Santa Cruz ya demostró una vez que era capaz de imaginar un futuro extraordinario. Hoy la historia vuelve a ofrecernos esa oportunidad. Depende de nosotros decidir si queremos limitarnos a administrar el presente o asumir el desafío de construir el próximo gran capítulo de nuestra ciudad.
(*) Sebastián Fernández de Córdova es arquitecto