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Santa Cruz vuelve a oír estos días la misma sinfonía trágica de todos los años: la ciudad se inunda con una pasmosa facilidad, barrios enteros colapsan con las lluvias, casas de vecinos se llenan de agua y sus ocupantes lo pierden todo, calles, avenidas y rotondas se convierten en piscinas sin borde donde quedan atrapados -y dañados- vehículos que intentaban escapar de las aguas.

Esas imágenes mentales y gráficas no son nuevas: Santa Cruz las vive año tras año. Es casi un libreto de una obra de teatro repetida: en julio comienzan los incendios, se apagan después de cuantiosas pérdidas de bosques y especies forestales y animales en el departamento allá por octubre o noviembre; enseguida vienen las lluvias y traen su propio desastre, esta vez a la ciudad.

Nada cambia; casi se podría anotar en las agendas las fechas en que ocurrirán esas tragedias del contraste, primero el fuego, después el agua, y sin embargo poco o nada se hace para evitarlas. Tal parece que nuestras autoridades no conocen el significado de la palabra ‘prevención’ y prefieren esperar a que las cosas ocurran para actuar bajo el modelo de atender la emergencia, cuando ya resulta tarde.

¿Cuántas inundaciones más hacen falta para sensibilizar particularmente a la Alcaldía cruceña? El municipio que en sus mejores tiempos ha tenido un millón de bolivianos por día para ejecutar obras mira de palco, tres metros por encima de las aguas, la tragedia de las aguas, que golpea con más fuerza a los más pobres.

Resulta difícil comprender que en tantos años de gobierno municipal continuo no se haya podido generar y ejecutar un plan para el drenaje de la ciudad. Así, la gente tiene entonces que acostumbrarse a la pesadilla anual de ser expulsados de sus hogares en las medianoches y madrugadas de tormentas.

En este fin de mes, el pronóstico del clima anuncia prácticamente idénticas lluvias para los próximos ocho días, lo que significa que las tragedias de esas jornadas podrían multiplicarse por igual número allí donde la ciudad se alza en niveles más bajos que el resto de la urbe.

No solo la ciudad, sino también las rutas que comunican a Santa Cruz de la Sierra con otras regiones han sido dañadas por las recientes precipitaciones; en Buenavista, en la ruta a Cochabamba, las aguas se llevaron un enorme pedazo de la capa asfáltica y la tierra que lo sostenía. A ambos lados del boquete se formaron interminables filas de vehículos varados.

Las lluvias también provocaron la crecida de los ríos Ichilo, Piraí, Yapacaní y Río Grande.

En Yapacaní, el desborde del río ha dejado anegados a varios barrios y sus vecinos piden apoyo a las autoridades para ser evacuados, principalmente por los niños y personas mayores que habitan esos lugares.

Ojalá los candidatos con mayores posibilidades de ganar la elección tanto a la Alcaldía como a la Gobernación de Santa Cruz hagan suya esta demanda tan sensible de la gente, y se comprometan a colocar el cíclico problema de los desastres naturales entre las tareas prioritarias a encarar en la próxima gestión.

Tiene que terminar esta pesadilla anual que Santa Cruz sufre despierta y no en sueños. Es uno de los saltos a la modernidad que al menos la ciudad tiene que dar. No es concebible continuar en la ruta del pasado y la tradición previsible de la desgracia.

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