Es como si luego de veinte años hubiéramos vuelto a ganar un mundial de fútbol y que hoy nos encuentre a casi todos festejando en familia y con amigos, bocinazos en la calle, gritos como de gol, cohetes, banderas y abrazos colectivos en el Cristo y dé la impresión de que las cosas pueden cambiar o pueden ser mejor. Porque muchos dicen que peor ya no se podía estar, y es entonces que nos explicamos por qué algunos lloraban la noche del 17 de agosto con los primeros resultados y veían por la tele la repetición de algunas imágenes y buscaban en otros canales la misma noticia, como para comprobar que lo que veíamos o escuchábamos no era mentira, que era verdadero y que la adrenalina por el pánico por otros resultados, finalmente no llegó.
Es que después de tantos años, de dos hijas adultas que solo conocieron un régimen con la misma cara, -desagradable, antipática y despreciable- una cantidad innumerable de veces, han debido pensar o imaginar, convencidas, que así nomás era ser boliviano y tolerar algún bullying o hacerlo, por culpa de tal cosa, y de paso, como muchos jóvenes, haciendo estimaciones de cómo irse a otro país para siempre. Sí, para siempre, así llegaron a decir.
Por eso déjennos disfrutar. O démonos esa chance, bastante bien ganada y merecida, sufrida. Hace dos minutos no hubiéramos imaginado un escenario así, con el MAS pulverizado, reducido a la nada, pero desde las redes sociales ya nos agitan y asustan con sombras o teorías conspiracionistas, que enlazan elementos que cobran coherencia y parecen verosímiles, y que saben convencer a los desconfiados, aunque luego de tanto tiempo, con tanto palo en el lomo, nos ha vuelto un poco paranoicos, y es casi legítimo serlo o tener esa reacción inicial. Pero si nos alejamos un poco de ese orbe y miramos desde arriba, el peor de los dos que van a segunda vuelta está demasiado lejos de ser parecido a los que se van.
Y si bien fue clarísimo que no tuvimos a ningún Messi en el equipo, fue, o fuimos suficientes para anotarnos una victoria que deberíamos valorar, y celebrarla como si hubiéramos ganado un mundial luego de veinte años.