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9 de julio de 2017, 4:00 AM
9 de julio de 2017, 4:00 AM

Cuando mi corresponsal ante el Palacio Real de la Plaza Murillo me comunicó que un ciudadano boliviano, como nosotros, había sido condenado a 30 años de cárcel sin derecho a indulto, descubriendo después que no había delinquido, mi piel se erizó y solo atiné a rezar a la Virgen de la Merced que me librase de cárceles y encierros porque la libertad y el pensamiento es un don que Dios nos regala para diferenciarnos de otras criaturas que habitan la tierra. 

Como siempre ocurre, levanté mis ojos y comencé a dialogar con mi discípula periodística respecto al lamentable hecho. Ella, que no sabe mucho de leyes y sentencias judiciales, no logra comprender cómo hombres injustos encierran a ciudadanos inocentes como si la libertad fuera algo baladí. Acudió a mi memoria un libro que leí cuando era joven en el cual el personaje principal cumplió una larga condena por delitos que no cometió, comprobándose después que era inocente y que los funcionarios de la justicia y todos los hombres de aquella corte se sintieron obligados a resarcir por los años que el convicto había sufrido encerrado en una celda carcelaria.

Macacha se conmovió con mi relato y me preguntó cómo las cortes de aquel país remoto propusieron que se debía compensar a quien fue víctima de esa terrible injusticia.  Apretando mi magín recordé que al hombre le propusieron una indemnización en dinero, lo cual rechazó diciéndoles que ese dinero no era una justa compensación, pues él durante los años de su encierro podía haber ganado mucho más, lo cual desconcertó a los representantes de la justicia; entonces le ofrecieron un título nobiliario algo que también rechazó porque no había nacido en noble cuna y eso no le interesaba. 

Macacha me preguntó qué podía resarcir el encarcelamiento de nuestro personaje y para no tenerla en vilo le conté que esta historia concluye cuando el exconvicto propuso algo original y justo: “Yo les pido que esta corte me permita cometer delitos asignando a estos su correspondiente sanción carcelaria, hasta completar los años que pasé privado de libertad. Por ejemplo, robo de una joyería cuya sanción correspondiente es de 10 años; atraco a la casa de una viuda rica cuya sanción es de 15 años y así sumaria el total de los años que pase injustamente encarcelado”. 

La rememoración de aquel libro conmovió a Macacha y los dos concluimos en que esta solución  imaginativa del autor se parece mucho a la justicia verdadera.  

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