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El fruto de una buena comunicación es no solamente un equilibro emocional en quienes tienen el privilegio de poseerla, sino un funcionamiento correcto en el sistema institucional tanto público cuanto privado. Pero no se confundan las cosas.

Con buena comunicación, no nos referimos a la práctica de aquella utopía que fue la comunicación para el desarrollo que predicaron esos teóricos de los 60 en América Latina, quienes decían que la comunicación debía ser un arma para la liberación de los pueblos y un instrumento de democratización y horizontalidad. Esas ideas suenan a discurso romántico.

Eran y son irrealizables. Si bien la comunicación sí debe ser una llave para abrir uno de los cerrojos de la libertad humana y la igualdad, no se debe perder de vista que su esencia son la persuasión y la verticalidad., sin ser estos dos elementos factores por los que aquélla tenga que desembocar en práctica opresora y distorsionadora de nuestra realidad.

Lo que debemos entender como sujetos políticos, es que, como señala Habermas, la comunicación es un hecho político, que por tanto tiene que ver con asuntos públicos tan importantes como la educación y la opinión pública, cuestiones que tienen de por sí carga ideológica. Así como yerran quienes creen que la política se hace sin partidos políticos ni corporaciones, o con estructuras timoratas que se despojan de una lógica clásica de organización vertical, yerran quienes creen que la comunicación social es o debe ser un fenómeno de transversalidad.

Las sociedades bien progresadas tienen en sus respectivas realidades medios comunicacionales que son efectivos no tanto por su criterio de transversalidad democrática cuanto por la calidad de la información con la que trabajan. Así, la cualidad persuasiva de los medios no es nociva en tanto esta no vicie con prejuicios y no llene con mitos al colectivo social en el que opera. La ruptura de esquemas sociales fallidos, teniendo la comunicación como arma, se hace con flujos óptimos de información veraz o en una palabra, con el rigor de la verdad.

En consecuencia, cuando un medio comunicacional está bien constituido y trabaja con fuentes e información confiables, aunque tenga una marcada inclinación política y trate de persuadir de manera notoria en la opinión pública, está igualmente contribuyendo al desarrollo de un sistema democrático fuerte por el sencillo motivo de que aporta al sano sentido crítico que deben tener las personas. Aporta a la educación de los ciudadanos y a la conformación de una sociedad culta. Repitamos: como es un error pensar que en política se pueden modificar las controversias sociales con estructuras no bien definidas, es un error creer que, en comunicación, la democracia se consolida con medios comunicacionales tibios.

El periodismo, por ejemplo, que es el testimonio vivo de una realidad descarnada, y al ser denuncia de situaciones difíciles, debe tomar posiciones. Porque más allá de la información debe estar siempre la vocación de orientar a las sociedades. Pues así como un político vacilante vale poco, un periodista exageradamente neutral tampoco vale mucho. La esencia de la comunicación es política, y su destino es la toma de una posición definida.