Edición Impresa

OPINIÓN

Con retrovisor, viendo el largo plazo

Juan Cristóbal Soruco 2/7/2020 03:00

Escucha esta nota aquí

Santa Cruz se enfrenta a una situación bastante similar a la que vivió a fines de la década de los 90 del siglo pasado, cuando, a nivel municipal en Santa Cuz de la Sierra, sus grupos de poder debían optar por dar confianza para que asuma la alcaldía un líder de la dimensión que entonces tenía Percy Fernández o validar el ascenso del primogénito del empresario cervecero Max Fernández.
Los enconos, que llegaron a expresarse a través del Comité Cívico, hicieron que se dé paso al primogénito, con el resultado de que Santa Cruz de la Sierra dio, en todos los órdenes, pasos para atrás.

Hoy reaparece esa lucha de facciones, pero con la diferencia de que esta vez no sólo está en juego el futuro de la región, sino también el del país, en el que Santa Cruz cumple un decisivo papel en todos los planos de la vida social y no sólo económico. Pero, como entonces, pareciera que se han alineado varios, no todos, de esos grupos de poder, incluido, vergonzantemente, el Comité Cívico, tras una candidatura débil programáticamente y que incluye a muchos representantes de la vieja política nacional.

Luego de 14 años de una gestión caracterizada por un excesivo autoritarismo, el culto a la personalidad y la falta de control a la gestión, que han puesto en peligro la vigencia del sistema democrático, la solución no pasa por elegir a quienes proponen una gestión de similares características, pero proveniente de otra raíz ideológica. Es decir, y salvando las dimensiones, no se trata de cambiar a Stalin por Franco, sino de recrear las condiciones para que se recupere en el país los cimientos del sistema democrático y el estado de derecho. 

Es esto lo que, en definitiva, nos estamos jugando en el país: mantener un régimen autoritario en el que la ley sea el deseo del líder o la posibilidad de que podamos convivir pacíficamente y que las legítimas controversias se resuelvan dentro del marco de la ley y la Constitución, y no de la voluntad de un conductor; de que se escuche y respete, en ese marco, a las minorías y de aceptar que quien disiente de lo que uno crea no es un enemigo sino un adversario con el que se puede alcanzar acuerdos porque son tantas las necesidades que atender que hay temas que trascienden las diferencias político-ideológicas.

Con avances y retrocesos el país construyó la institucionalización del sistema democrático instaurado en 1982, hasta que la creciente corrupción y consiguiente impunidad, y el aporte malsano de quienes consideran que el Estado no es un espacio de concertación y generación de políticas públicas, sino para el rápido enriquecimiento (qué casualidad, muchos de los que así han actuado apoyan a esa candidatura débil), ingresó en tal crisis de la que se aprovecharon el MAS y su líder (y también, qué casualidad, uno de sus principales asesores en comunicación ahora estaría detrás de la candidatura mencionada, demostrando que cuando de populismo se trata, poco importa si tiene una raíz izquierdista o derechista).

Ese destino lo definiremos en elecciones. De ahí su importancia y de que se realicen lo antes posible y no en función al cálculo mezquino de quienes saben que en esta contienda tendrán poco apoyo, por lo que se aprovechan de cualquier pretexto para promover su postergación sine die e incluso su anulación. Posición que demuestra que su interés no es la construcción de un estado democrático, sino acceder a como dé lugar al ejercicio del poder.

En fin, parece que es tiempo en que debemos mantener la mirada hacia el futuro, sin olvidarnos, por precaución, de mirar de rato en rato el retrovisor para no tropezarnos en las mismas piedras.